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Miércoles 25 de Noviembre de 2020Actualizado 23:25

Violencia de Género
El 5 de noviembre de 2020

Tiempo de lectura: 04:38
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La ira de los niños frustrados

Juan Cruz Rada Pérez, Colegio Oficial de Psicología de La Rioja.

En vez de la habitual dulzura de las golosinas y la sorpresa que generan los decorados y disfraces más terroríficos, la noche de Halloween de 2020 ha sido de estupor y tristeza, y se recordará por el toque de queda, pero sobre todo por la conducta de grupos de niños y jóvenes destrozando el centro de las ciudades.

Las imágenes que todos hemos podido ver en los medios de comunicación y a través de redes sociales con nuestros compañeros de trabajo, familiares o amigos, nos han impactado profundamente, imágenes que los propios protagonistas han colgado y comentado en las redes sociales.
Inicialmente la rabia nos ha invadido, para después, y en función de nuestros prejuicios personales, justificar los hechos, intentar comprender los motivos, pedir castigos ejemplares, avergonzarse, generalizar a todos los adolescentes por lo sucedido, buscar culpables en la educación, el gobierno, la ley, y un largo etcétera.

Días después todavía arden los grupos de whatsapp, aparecen nuevos vídeos, memes y fotografías, conclusiones precipitadas y curiosidad por las investigaciones, se cruzan amenazas y denuncias. Instagram y Twitter no paran de mostrar reacciones multiplicando las emociones, mientras los medios de comunicación se hacen eco de todo ello. De momento, lo que queda es la tristeza y la vergüenza, con algún rayo de esperanza gracias a la respuesta de grupos de menores que han ido a ayudar en las tareas de limpieza y que nos han llenado de orgullo, ayudando a reconciliarnos con los jóvenes. Gracias.

Hemos indicado que nuestros prejuicios han mediatizado nuestras reacciones, y muchos han buscado influir en nuestras conclusiones sobre lo sucedido. De manera que en nuestra visión puede pasar de ser un acto justificado por la necesidad o por la lucha por la libertad, o un acto injustificable realizado por desagradecidos y privilegiados. Curioso que los argumentos parecen cruzarse, incluso igualarse. También los sesgos cognitivos nos han afectado a todos, como el sesgo de confirmación que nos afianza nuestras creencias, y solo tenemos que leer en las fuentes indicadas, o seguir a las personas concretas, hasta que la realidad nos impacta frontalmente.

Llegados a este punto me gustaría observar que, de los más de 25.000 adolescentes de La Rioja, el 99% han sido totalmente cívicos y menos de un 1% han participado en los disturbios de este fin de semana.

Si unimos algunas de las características típicas de la adolescencia como el cuestionamiento de lo establecido, el sentimiento de invencibilidad y el egocentrismo, con la vivencia de pandemia que incrementa el estrés, la tensión política, la desinformación y las dificultades económicas, nos encontramos el caldo de cultivo ideal para manipuladores que se aprovechan de las minorías más desadaptadas de la sociedad, las que se encuentran en los extremos sociales o ideológicos, siempre unidas por su respuesta violenta a las crisis.

Así que analizamos un incidente complejo, ante conductas muy violentas verbal y físicamente, en las que los participantes son muy jóvenes, niños incluso, dañando a personas y a bienes ajenos de manera desproporcionada y contradictoria a los fines que persiguen, poniéndose en peligro a sí mismos, ajenos a las consecuencias para ellos y para los demás.

Nos podemos apoyar en los estudios que indican que hay una prevalencia, de entre un 3% y un 8%, de trastornos de comportamiento en adolescentes, por lo tanto, con enormes dificultades para adaptarse a las reglas sociales, no comprenden los criterios morales comunes a todos, como el cuidado de los demás o el respeto a los bienes ajenos.

Los motivos y factores son múltiples, influye sobre todo la exposición a situaciones altamente estresantes, el consumo de sustancias, la impulsividad y dificultad para gestionar las emociones; entre otros.

Si a esto sumamos lo que sabemos del impacto psicológico del primer confinamiento y de las medidas de contención de la pandemia, muy enfocadas a limitar las relaciones sociales y la regulación conductual, nos encontramos con un incremento de los niveles de ansiedad y frustración muy elevados en toda la población, pero especialmente entre los sectores más vulnerables emocionalmente.

Los más expuestos son los menores con trastornos, o con factores predisponentes como adicciones, pensamiento rígido, escasa empatía o falta de herramientas emocionales.

Sienten que los controlan, se sienten acusados por los brotes, y todo esto los abruma. Algunos han encontrado sus respuestas en los negacionistas de la pandemia, o en grupos radicales de un signo u otro, de manera acrítica, simplemente por el rechazo al poder o a una sociedad que no comprenden de forma global; y afortunadamente la mayoría de adolescentes se adaptan a la situación y aceptan las normas.

Este Halloween hemos visto la respuesta de unos niños frustrados porque no pueden salir, no pueden beber en los botellones ni en los bares, les han impuesto una hora de vuelta a casa con sus familias, y en definitiva no pueden hacer lo que desean, y probablemente es la primera vez que les pasa algo así. No están acostumbrados, lo normal para ellos es volver cuando quieran, hacer lo que deseen, y no tener responsabilidades.

Ahora tendrán que afrontar las consecuencias ante la ley, pero también ante la sociedad, los compañeros y sus familias.

El miedo y la ira que provocan la frustración les tiene alienados, secuestrados por ideas irracionales que repiten explicaciones sencillas y apetecibles para poder comprender la incertidumbre que produce una pandemia, exigiendo de forma egoísta la vuelta a los hábitos anteriores. No se puede afirmar que, por este suceso, estamos ante adolescentes con un trastorno, pero sí que existe un indicio de que nos encontramos ante situaciones de riesgo.

Desde el Colegio Oficial de la Psicología queremos recordar que la Psicología puede realizar aportaciones que ayuden a prevenir e intervenir en este tipo de situaciones, desde la formación a docentes y familias en gestión de conflictos, la detección de menores con dificultades, trastornos o factores predisponentes a los mismos, interviniendo dentro de los centros educativos, para lo que es imprescindible la figura del psicólogo educativo en los mismos, no solamente en programas externalizados.

Es imprescindible también la ampliación de plazas de psicólogos en Atención Primaria de Salud, incorporar psicólogos comunitarios y sociales que ayuden al diseño de políticas e intervenciones psicosociales, entre otras, las que se implementan durante esta pandemia, anticipando o previniendo posibles respuestas de la población ante determinadas situaciones de estrés.

La sociedad tiene que dar respuesta a los hechos, y debe mejorar la atención psicológica para prevenir la ira de los niños frustrados, en vez de disfrazar o endulzar lo sucedido como si fuese una anécdota de la pandemia que nos regaló una noche de terror.

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Juan Cruz Rada Pérez, Colegio Oficial de Psicología de La Rioja.
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