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Violencia de Género
El 19 de septiembre de 2020

Tiempo de lectura: 05:42
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Consumismo: la revolución pendiente

Marina Rodríguez Martínez. Profesora de Filosofía

“La gente vota cada cuatro o cinco años, los mercados deciden todos los días”, así dicen que ha caracterizado George Soros la desproporcionada dinámica decisoria en las democracias actuales… y, sin embargo, esto podría ser de otra manera. Si lo pensamos detenidamente, nos daremos cuenta de que nosotros también decidimos todos los días. La diferencia es que, mientras los mercados deciden a favor de sus intereses, nosotros lo hacemos también a favor de sus intereses y en contra de los nuestros.

¿Cuál es la cuestión que planteo aquí? La del consumo, o más bien la del consumismo, que no son exactamente lo mismo. Es un hecho que, de una manera u otra, necesitamos proveernos de una serie de recursos para nuestra supervivencia y desarrollo personal y, por lo tanto, necesitamos consumir. Cuando traspasamos las líneas del consumo razonable que atiende a lo necesario, y nos lanzamos a la carrera frenética y compulsiva de obtener cada vez más y más bienes de consumo, hemos entrado por la puerta del consumismo alentados y espoleados por el mercado y sus estrategias, convertido ya en un fin en sí mismo, casi una religión. Su liturgia celebra la conversión del mundo en el escenario de una gran fábrica que no puede pararse. Publicidad, falsas necesidades, obsolescencia programada, son inductores necesarios de la representación, los consumidores sus protagonistas que, como Gargantúas, tenemos que devorar cada “nueva novedad” en un ciclo que siempre retorna. Comprar, usar, tirar y vuelta a empezar: el hábito consumista ha quedado instalado sin apenas oposición.

Decidimos todos los días con el único criterio de un hábito adquirido inercialmente por el bien del sistema, porque el modelo productivo nos necesita, sin preguntarnos si es bueno, si nos conviene, si es justo y equitativo, sin pensar en las consecuencias, sin sopesar las contraindicaciones ni desvelar las contradicciones que entraña. Por lo tanto, ¿qué razones tenemos para plantearnos de forma crítica y radical esta cuestión?

Para empezar, el desequilibrio en la distribución de los recursos. Sabemos que el consumismo como tal es muy reciente en la historia de la humanidad, y se da principalmente en los países desarrollados. Existen y se producen recursos suficientes para abastecer a la población mundial, sin embargo más del 80% son acumulados con desmesura y derrochados por un 20% de la población, mientras que al resto solo le quedan las migajas.                                                                                                                    

Para continuar, la temeraria concepción económica del crecimiento material infinito en un planeta finito. Con ella en funcionamiento, los cálculos más rigurosos barajan que serían necesarias más de dos Tierras si todo el mundo viviera al mismo nivel de consumo sin freno que practicamos los “privilegiados”.                                                                          

Le sigue la sobreexplotación de los recursos que impide a la naturaleza regenerarse por sí misma, como ha hecho durante millones de años. Nuestra huella ecológica va en aumento, ya estamos inmersos en el anunciado cambio climático y la marcha atrás puede tornarse imposible.

No menos preocupante es la degradación que supone el descenso de la categoría de personas a la de consumidores, preámbulo de una nueva esclavitud que ejercemos creyéndonos libres; una pérdida de humanidad que aceptamos con gusto.

Por último, nuestra propia integridad como individuos y permanencia como especie está en riesgo, siendo nosotros la causa misma del desaguisado. Lo estamos comprobando en este presente pandémico que nos parece irreal, pero que es lo más real que nos está pasando porque el espejo que nos pone delante refleja, sin maquillaje ni correctores, el retrato ajado de nuestra mal llamada civilización.

A estas razones y hechos, expuestos someramente y desde una perspectiva global, se debe sumar la cuestión ética que nos interpela como humanos: no hay libertad sin responsabilidad, no hay derechos sin deberes. La ética es la capacidad humana de distinguir el bien del mal, y la libertad es su fundamento. Esto es de la mayor importancia porque, fíjense, distinguir el bien del mal no implica elegir el bien: aun reconociendo el bien somos libres de elegir el mal y así lo hacemos, muy a menudo a sabiendas. Somos responsables de nuestras elecciones y decisiones, somos responsables de nuestra libertad y deberemos hacernos cargo de las consecuencias de su ejercicio.

Para una mejor aclaración del tema que nos ocupa, analicemos dos de los reclamos del consumismo que lo resumen en esencia: “elige todo” y “porque tú lo vales”. Estos dos lemas se funden para conformar la norma del consumismo “elige todo porque tú lo vales”. Para empezar, elegir todo es una contradicción en los términos, pero eso ya lo saben los publicistas y los mercados, aunque los consumidores nos hemos tragado el anzuelo. Y el tú lo vales no es más que un burdo elogio del sistema para favorecer comportamientos narcisistas. Esta máxima del comportamiento consumista nos convierte en niños malcriados, plegados a nuestros caprichos irresponsablemente sin tener en cuenta las consecuencias; una insatisfacción permanente que necesita de una nueva dosis de consumo efímero. El problema ético ante el que nos encontramos no puede ser aplazado con una rabieta, porque el tribunal ante el que debemos rendir cuentas es planetario y demanda nuestra comparecencia ante él ya.

Un ejemplo emblemático: el ocio. La tradicional diferencia entre ocio y neg-ocio ha desaparecido, ya todo es negocio: el turismo, las redes sociales, los centros comerciales, los parques temáticos, las aficiones, los festivales, la “puesta en valor” de las tradiciones de los más pequeños rincones de la geografía… Nuestro tiempo libre es negocio para el sistema productivo, seguimos trabajando para él con un grado de aplicación digno de matrícula de honor.

Tenemos, como hemos apuntado, razones acuciantes para ejercer con responsabilidad nuestra libertad de elegir entre lo bueno y lo malo; es esta una facultad humana y es nuestro deber afrontarla saliendo de nuestra individualidad para cuidar nuestro mundo. La buena noticia es que hay tantas iniciativas para el consumo sostenible como necesidades tenemos: en alimentación, en energía, en transporte, en finanzas, en vivienda, en moda, en ocio, en tecnología… solo hay que saber elegir y, desde luego, no “elegir todo”. La propuesta del economista y ambientalista Max-Neef de un desarrollo a escala humana es una buena guía. La economía debe estar al servicio de las personas, no las personas al servicio de la economía, dice este autor.

Aún más, la propia economía debe estar supeditada a una ética de la responsabilidad. Mi propuesta es que sustituyamos la máxima del  “elige todo porque tú lo vales” por la práctica de las tres erres: “Reduce, Reutiliza, Recicla”, y por ese orden. Respectivamente responden a las siguientes preguntas: ¿necesito el producto X que me dispongo a comprar?, ¿qué otros usos puedo dar a X antes de reciclarlo?, ¿puede X ser transformado para una nueva andadura? Reciclar es necesario pero insuficiente si no ponemos en práctica la reducción del consumo y la reutilización de las cosas; y si las ponemos en práctica tendremos muy poquito que reciclar, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

Estoy convencida de que esta es la revolución de nuestro tiempo, pacífica,  legítima, factible: está en nuestras manos ponerla en práctica y, para el conjunto de los terrícolas y su morada, todo son beneficios. Se articula día a día decidiendo qué, para qué y a quién compramos, es decir, cómo valoramos nuestro dinero, nuestro tiempo y a nosotros mismos.

Marina Rodríguez Martínez

Profesora de filosofía

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Marina Rodríguez Martínez. Profesora de Filosofía
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