Rioja2

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El 20 de septiembre de 2017

Tiempo de lectura: 02:33
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Liberalvictimismo

Carlos Eguizábal

Como diría Madame Roland, es abrumadora la cantidad de causas que se pueden defender enarbolando la bandera de la libertad. La última en el ámbito local, plasmada en rosa chicle sobre las marquesinas de las paradas de los autobuses urbanos de Logroño, propugna por el derecho que tienen los padres a educar a sus hijos y a llevarlos a corridas de toros, según la asociación responsable de la campaña. Esta vez, el marketing taurino utiliza una celada infalible: “derecho fundamental constitucional que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones + (inserte aquí lo que le apetezca, aunque tenga poco o nada que ver con el referido artículo 27 de la Constitución)”. Con pátina jurídica todo es más solemne, da empaque, aunque no venga a cuento como en este caso.

Vista la campaña, uno pudiera pensar que la administración pública riojana, Gran Hermano con competencias en la materia, reconocido opresor antitaurino del buen padre de familia, acaba de promulgar un cuerpo normativo que reprime duramente, echando mano de toda la fuerza del aparato coercitivo del Estado, a los padres y madres que libremente desean llevar a sus hijos a disfrutar de la fiesta nacional. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que gran parte de las instituciones públicas riojanas, desde su ámbito competencial, apoyan y subvencionan con dinero público de todos, en mayor o menor medida, la tauromaquia en sus distintas manifestaciones, y ningún precepto del ordenamiento jurídico autonómico prohíbe a menores acudir como público a un espectáculo taurino.

¿A qué viene, entonces, esta campaña de victimización de un colectivo taurino regional? Sencillo, con un número creciente de organismos y normativas supranacionales en contra del maltrato animal que tienen el respaldo de partidos políticos españoles con notable fuerza electoral, la subsistencia de las corridas de toros depende de dos cosas: primero, del apoyo social inmediato que en España reciba la tauromaquia y, segundo, de crear afición entre los menores que el día de mañana tomarán el testigo de sus mayores en las plazas de toros y en las asociaciones taurinas. Por ello, tratar de convertir la asistencia a un espectáculo de sadismo contra un animal en una cuestión de violación de derechos y libertades fundamentales se convierte en, además de una frivolidad, una estrategia para lograr ese respaldo popular. Una estrategia efectiva que, además, ha sido amplificada mediáticamente por la rueda de prensa que, ejerciendo su papel, dio Cambia Logroño contra la campaña y por la conveniente publicación en un medio regional de un vídeo grabado con móvil en el que se ve a dos chavales arrancando un cartel de una corrida de toros de San Mateo de una calle logroñesa.

Sin embargo, pese a todo el ruido, pese a la repercusión mediática y al debate generado en redes sociales, da la impresión de que, si cada día existe menos afluencia de menores (de público, en general) a corridas de toros es porque, simple y llanamente, cada día son menos los padres que, haciendo uso de su libertad de criterio, consideran conveniente que sus hijos menores les acompañen a presenciar un espectáculo sangriento y violento donde se tortura a un animal hasta la muerte por simple diversión. Pese a la tradición, el arte y la cultura que yo, por lo menos, no le niego a la tauromaquia. Y, contra esa lógica evolución, poca campaña cabe.

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Carlos Eguizábal
Riojano, pero de pura suela. De letras. Abogado joven. Licenciado y apasionado por las Ciencias Sociales y Políticas. Menos aburrido de lo que parece.
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