Rioja2

Viernes 24 de Noviembre de 2017Actualizado 11:50

El 17 de marzo de 2017

Tiempo de lectura: 03:48

¡La cultura va desnuda!

Eloy Bermejo

A la cultura en este país le ha sucedido como en el cuento del Emperador desnudo, que ha confeccionado un traje invisible de lugares comunes creativos y cooperación que todo el mundo ensalzaba para no quedar en evidencia, cuando la realidad es que se trata de un entorno social donde prima la precariedad laboral, el clientelismo, el clasismo o la superficialidad, y donde tanto creadores, productores o los propios espectadores, nos hemos autoconvencido que todo eso no era importante, puesto que por encima de cualquier cosa, lo que somos es “artistas como la copa de un pino”.

La economía no sólo ha engullido la cultura como lo ha hecho con otros sectores durante las últimas décadas, sino que la ha situado en el principal ariete del milagro económico español junto con la especulación inmobiliaria. Los “todólogos” de las industrias culturales han retorcido los datos y defienden que el sector cultural supone un 3,5% del PIB y crea medio millón de empleos. Ahí meten todo, el turismo, los libros de texto, los videojuegos, las ediciones independientes, tratando como si fuera una cosa idéntica a las grandes empresas que cotizan en bolsa y las estrategias de autoempleo que predominan en el sector, es como aquel que mete mentos en coca-cola o papel de aluminio en salfumán, que cuando lo agitas explota y resulta que el 61% de las empresas culturales no tienen empleados y el 92,9% tiene menos de cinco.

Pero, ¿qué es lo que ha cambiado en cultura desde el inicio de la crisis? ¿Hacia dónde se han dirigido los esfuerzos? Mientras desde otros sectores se habla de recuperar la soberanía alimentaria, productiva o tecnológica, nada, prácticamente nada se ha esbozado desde la producción cultural contemporánea que permita comprender qué es lo que ha ocurrido en la sociedad española durante los últimos años tan convulsos política, social y económicamente. No es que la cultura esté alejada de la realidad social, es que el sector cultural ha sido fundamental en el desarrollo de la mercantilización generalizada desde finales del siglo XX. Si hubo un sector donde el Régimen del 78 se apoyó para impregnar su discurso fue el de la cultura, y lo hizo otorgándonos una nueva forma innovadora, crítica y creativa con la cual coexistir con la especulación financiera, la corrupción, el clasismo y la xenofobia.

Uno de los puntos fuertes, donde se ha podido advertir la introducción de valores procedentes del mercado y consumo y su incorporación cultural a las formas de vida comunes, han sido las grandes construcciones arquitectónicas de autor y urbanísticas de los años a caballo entre los siglos XX y XXI, que produjo un efecto “yo también quiero” en cadena en la práctica totalidad de las ciudades españolas, muchas veces por encima de sus posibilidades y por debajo del sentido común.

La inversión pública funcionó como engranaje para las grandes constructoras y además dotó de valores cívicos y participativos a la arquitectura de firma y a las llamadas Smart cities, como si la especulación inmobiliaria estuviese legitimada al apropiarse de valores culturales. Por alguna razón de esnobismo, tenemos tendencia a emitir valoraciones diferentes entre los museos o centros culturales vacíos y los aeropuertos desiertos o las autopistas fantasmas, mientras lo primero tiene una apariencia exterior cool y cultureta, lo segundo nos cae menos simpático y ponemos el grito en el cielo. La competición entre ciudades españolas por mostrar una imagen de ciudad dinámica en cuanto a cultura se refiere – véase la construcción de centros culturales, festivales de música para gafapastas, arte o teatro – pivotan sobre el eje de la innovación, entendido como el único vector capaz en un mundo globalizado de atraer al gremio creativo en un ambiente de prosperidad urbanita, ¿os suena el Centro de Cultura del Rioja? Si a esto le sumas el apoyo de los medios de comunicación a prácticas culturales minoritarias y totalmente alejadas de los intereses generales, y el consumismo más exacerbado de los años noventa, tienes un cóctel perfecto de cultura, consumo y entretenimiento.

Las políticas culturales se encuentran sumidas en un callejón sin salida, incluso las posiciones más críticas han sido absorbidas con aclamación por la ideología dominante y por los procesos de mercantilización, preservando su actitud crítica y su fantasía de independencia. Paradójicamente, la convivencia funciona cuando desde el sector cultural se cree sinceramente en su capacidad crítica.

Con la llegada del neoliberalismo y el mercado desregulado, el discurso cultural se ha envuelto en un halo de creatividad, colaboracionismo, reinvención… que ha propiciado una dejadez por los conflictos de clase a la vez que aumentaba la preocupación por satisfacer las necesidades estéticas personales. Un caso paradigmático de esa politización de los espacios e instituciones culturales, es que cada vez más, se habla en ellos de precariedad, desigualdad o cooperación, y cada vez menos en aquellos lugares donde surge el conflicto, como sedes de sindicatos, de partidos o centros sociales.

La verdad es que, desde hace años, los debates en torno a las políticas culturales y los cambios que pueden producir han quedado aislados. La realidad es que ni siquiera existe un discurso en torno al negocio de la cultura, sino que el problema es la cultura de los negocios. 

 

 

 

 



1 comentarios

#2
ramon21/03/2017 19:27h

Tenéis que poner un botón al final pidiendo que lo pulse todo el que haya llegado hasta la última línea...no sé si habría alguno...

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Eloy Bermejo
Gramsciano nacido en tierras mañas, criado riojanamente en alfareñas y formado entre Palermo y Zaragoza, donde me doctoré en Historia del Arte y Arquitectura. Un día leí a un hombre italiano con el que intento ayudar, a través de sus enseñanzas, en la construcción de la hegemonía política. Cultura y educación a partes iguales. Siempre he creído que la indiferencia es el peso muerto de la Historia.
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