Viernes 22 de Octubre de 2021Actualizado 18:00

El 7 de noviembre de 2016

Tiempo de lectura: 03:05
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Las clases sociales que nunca se fueron

Sergio Andrés Cabello

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que hablar de clases sociales estaba como desfasado. No en vano, en aquella década de los 90 y primeros años del siglo XXI, el modelo de sociedad que se planteaba era el de una superación de ese esquema de clases sociales  porque, a fin de cuentas, todos éramos ya clases medias unidos y bendecidos por unos sistemas de protección y, especialmente, por el consumo masificado. Hablar de clases sociales sonaba a un pasado de tintes marxistas y análisis de la estructura social en términos que, nos contaban, no respondía a esa realidad. Y, además, el comunismo había caído.

Pero todo era más complejo. Sin duda alguna, las variables tradicionales, esa estratificación simple pero eficaz como era la de alta-media-baja no explicaba el escenario que se había configurado. La situación de la clase trabajadora, sus contradicciones internas, el avance de las clases medias (y sus todavía mayores contradicciones internas), el peso de la movilidad social, la transformación del estatus por los cambios en la formación y en las ocupaciones, y el desarrollo del Estado de Bienestar dejaron ese esquema desfasado. Autores como por ejemplo John Goldthorpe actualizaron brillantemente la estratificación social a través del cruce de variables como la ocupación, el estatus y el nivel de renta. Pero era en la cuestión de la conciencia de clase donde se producían cambios y transformaciones que iban a generar las estructuras de plausibilidad para, en teoría, superar esas clases sociales, aunque para otra parte de las Ciencias Sociales nunca desaparecieron.

Mientras la clase trabajadora se reducía en número debido a las transformaciones de los modelos productivos y la movilidad social, fundamentalmente gracias a la cualificación y el acceso a estudios superiores que permitía una reconfiguración del estatus, las clases medias crecían y se convertían en un conglomerado heterogéneo que precisamente se caracterizaba por una falta de conciencia de clase. De hecho, autores como Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi hacían una crítica de la misma en relación a cómo se habían configurado sus características. El modelo low cost posibilitó la ilusión del juego a la clase media-alta e incluso alta, que convirtió ese estadio en una referencia a la que se accedía mediante el consumo. Pero otras cuestiones comenzaban a llamar la atención, por ejemplo el viraje de parte de la clase trabajadora hacia posiciones ideológicas conservadoras, la primera señal de alerta procedió de Francia en los 90 con el Frente Nacional. Y, además, por otro lado, el acceso al mercado de trabajo se complejizaba y la cualificación dejaba de ser una garantía para lograr un buen empleo. Pero, durante unos años, se consideró una estación de paso temporal y, al final del trayecto, estaría la recompensa prometida por el sistema.

La crisis sistémica que comenzó en 2008 generó tal desazón estructural que los esquemas tradicionales que se creían superados volvieron a estar de nuevo de actualidad. La creciente desigualdad ha sido reflejada en una grandísima cantidad de estudios, informes y teorías. Las clases medias se han empobrecido y ha supuesto una quiebra en una de las bases del sistema, como bien expresó Esteban Hernández en El fin de la clase media (2014). Los colectivos más vulnerables, aquellos que habían quedado al margen, han visto cómo su situación empeoraba todavía más y, mientras tanto, las contradicciones del pasado reciente se han intensificado: la situación de la conciencia de clase, las subjetividades, el cambio del trabajo, etc. Las nuevas formaciones políticas han generado un discurso que ha sido asumido por esas clases medias que son precisamente las más afectadas por una trayectoria y una promesa en la que se socializaron, tratando de generar una nueva conciencia social que no acaba de cuajar.

Las clases sociales nunca se fueron, siempre han estado ahí y, en la actualidad, la creciente desigualdad parece dar lugar a una sociedad dualizada con una clase privilegiada que ha visto en estos años incrementar su patrimonio y riqueza y una mayor parte de la sociedad más empobrecida, situada ante un mercado laboral más flexible y precario, y con los mecanismos de seguridad y movilidad social en cuestión. Ante eso, un mundo cada vez más individualista y con menos margen para las respuestas colectivas.

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Sergio Andrés Cabello
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