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El 28 de septiembre de 2016

Tiempo de lectura: 02:16
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La sutileza emocional de J.A. Bayona en 'Un monstruo viene a verme'

Isabel Ribote

Con la resaca de cine todavía haciendo mella en cuerpo y mente regreso de San Sebastián, intentando poner orden en mi cabeza. Es lunes y, aunque ya estoy en casa de vuelta a la rutina, mi espíritu sigue en la maravillosa ciudad que cada año acoge uno de los más importantes festivales de cine internacional por derecho propio.

La 64 edición del Festival internacional de cine de San Sebastián ha tenido proyecciones para todos los gustos: fantasía, ciencia ficción del mejor, realismo descarnado, historias íntimas y calidad, mucha calidad. Tiempo habrá de desgranar el maremágnum de sensaciones acumulado con todas ellas.

Uno de los estrenos más esperados vino de la mano de J.A. Bayona, un profesional del séptimo arte que, desde el inicio de su exitosa carrera, ha dado muestras, más que convincentes, de entender esto de la industria de la manera más solvente y efectiva.

Tras su paso por el Festival de cine de Toronto el director catalán presentó “Un monstruo viene a verme”, su tercer largometraje con el que cierra su personal trilogía basada en las relaciones materno-filiales, con la muerte como protagonista secundaria en todas ellas.

De la mano de una de las actrices de la película, Sigourney Weaver, flamante premio Donostia en esta edición, la cinta consiguió emocionar a la gran mayoría de los privilegiados espectadores que se dieron cita ante la gran pantalla del Kursaal de la capital guipuzcoana. Y es que “Un monstruo viene a verme” contiene todos los ingredientes para conmover. Una historia potente y sensible que da un gran paso adelante en la manera de tratar el universo infantil, habitualmente demasiado bienintencionado,  ante situaciones dramáticas como la enfermedad o muerte de un ser querido.

Aunque el mérito de la historia lo tiene Patrick Ness, el escritor de la novela en la que se basa la cinta, Bayona sabe sacarle el mayor partido a las intenciones de la trama, regalando una fábula personal plagada de escenas de una enorme complejidad estética, entendiendo a la perfección la verdadera fórmula de un cine de intención comercial, sin renunciar a la calidad de los clásicos para todos los públicos.

Sin ser un consumidor de este tipo de cine, como es mi caso, merece la pena acercarse a conocer la precisión con la que, desde los primeros compases de los títulos de crédito, los acordes de la música de Fernando Velázquez convierten la experiencia en algo más que gratificante para los sentidos.

Excelente también el casting, con un debutante Lewis MacDougall, cuyo anonimato facilita que tomemos partido en su historia desde sus primeras pesadillas en pantalla, acompañado de una siempre eficaz Felicity Jones, como sufrida madre del protagonista. Ambos llevan el peso de la acción, mientras que Sigourney Weaver presta su rotunda presencia a desarrollar un papel poco habitual en su filmografía pero muy significativo en este film.

Destacar el cameo de la genuina Geraldine Chaplin, presente en todas las cintas con la firma de J.A. Bayona que, de alguna manera, van dando forma al imaginario de un cineasta español, detallista y amable, que sabe como sacar una gran producción adelante sin morir en el intento.  Y para muestra un botón.

 

 

 

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Isabel Ribote
Cuando se apagan las luces, la replicante enamorada vive en las existencias de aquellos que cuentan sus historias sin pudor. La vida sigue fuera de la sala, pero ante la pantalla, todo resulta más confortable. Ante la pantalla, solo debes dejarte llevar...
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