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El 13 de junio de 2016

Tiempo de lectura: 02:32
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¿Seguro que te atreves, Pedro?:

David S. Ariznavarreta

El principal problema de Pedro Sánchez de cara a las elecciones generales es su credibilidad. Por eso los ataques de Pablo Iglesias ahondan en la división interna del PSOE y la trayectoria pésima que dejó Rodríguez Zapatero en su última legislatura, con un balance de casi cuatro millones más de parados y un recorte en el Estado de Bienestar alejado del keynesianismo que adora la parroquia socialista y de sus ideales.

El mensaje es claro: por mucho que tus intenciones sean buenas, Pedro, aunque tengas un programa electoral del agrado de muchos, no vas a poder ponerlo en práctica, porque las élites económicas van a evitarlo.

Así que el buen socialista se escora a la izquierda, fiando su futuro a unos chicos capaces de transgredir los estándares: han venido con un discurso innovador y mejores intenciones, para quedarse, dar el sorpasso y aplicar unas medidas que, en fin, nada tienen de nuevas.

La verdad es que Pedro está entre la espada y la pared, porque el socialismo se basa en ideas de fracaso demostrado y, sin embargo, debe enfrentarse a personas capaces de ponerlas en práctica a pies juntillas. El electorado, carente de conocimientos económicos, pretende que las rentas más altas paguen más e imponer gravámenes al capital. Y Pedro parece dispuesto a contentarles, ignorando u obviando premeditadamente que esas medidas llevarían a nuestro país al desastre.

En primer lugar, las rentas más altas no están dispuestas a pagar más de lo que pagan. Puede sonar egoísta, y quizás lo sea, pero están en su derecho de sacar su dinero de un país que pretende expoliarles y refugiarse donde les plazca. Este problema no es nuevo, sino histórico. El Estado tradicionalmente ha buscado la manera de financiarse a los niveles de su conveniencia, que son casi infinitos, y se ha encontrado con que subiendo los impuestos muchas veces ha recaudado menos, porque la gente simplemente no declara o esconde lo que pretende ser confiscado. Lo mismo sucedería en España de querer que unos pocos, el uno por ciento de los mal llamados privilegiados, que hicieron su fortuna siguiendo las mismas normas que el resto, pagaran con desproporción hiriente las necesidades de gran parte de la población.

En cuanto a gravar el capital, con el propósito de aliviar los impuestos al trabajo, hay que entender que ambos son vasos comunicantes. A través del capital o el ahorro, las empresas invierten y se especializan. Es decir, la inversión en factores de producción conlleva una división del trabajo que tiene como objetivo aumentar la productividad. Cuando el trabajador produce más riqueza por hora invertida, gracias a los nuevos factores o a su formación, una parte de esta va a parar a su sueldo, de manera que su salario aumenta con la productividad. Si gravamos el capital, esta especialización es imposible, y condenamos a los trabajadores a cumplir tareas precarias, que no producen riqueza y que, por tanto, limitan su salario.

Así que el principal dañificado por estas medidas sería el trabajador, que se vería condenado a permanecer en una situación paupérrima. Irónicamente, son Podemos y el PSOE los que abanderan al obrero y se arrogan la labor de protegerle. Con tal de permanecer en el poder, lanzan sus mantras sobre la población, asegurando que traerán el bienestar como profetas mesiánicos. No importa si están errados, porque en su convicción pretenden arrastrar a otros. El cálculo es barato: instaurados en ese poder, sus acciones no tienen consecuencias para ellos.

Por eso, si el PSOE recula, Pablo pregunta: ¿seguro que te atreves, Pedro? 

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David S. Ariznavarreta
Escritor, intento de periodista, ingeniero por accidente. Reflexiones, videos y columnas en:
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