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El 6 de junio de 2016

Tiempo de lectura: 03:30
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El camino es La Arboleda

David S. Ariznavarreta

La apertura de una escuela libre en nuestra comunidad es una fantástica noticia porque nos ofrece la posibilidad de dar una educación adaptada a la verdadera naturaleza de nuestros hijos.

Desde la revolución industrial, se ha tratado a los niños como productos que pasan a través de diferentes etapas, cuya finalidad es convertirlos en buenos funcionarios o productores en las fábricas. En algún momento, las inquietudes de nuestros hijos se vieron relegadas por los contenidos fijados por leyes ineficientes, y el emprendimiento, esa búsqueda innata del ser humano por entender lo que le rodea para transformarlo y hacer su vida y la de los que le rodean mejor, quedó en un segundo plano.

Hace tiempo que nos olvidamos de que los alumnos son personas, solo así se entiende que hayamos abandonado los cuidados específicos que cada niño requiere. Hoy en día los formamos según su edad, y no en concordancia con sus capacidades o el desarrollo que han experimentado. Les obligamos a estudiar los contenidos al unísono de sus compañeros, como si tuvieran que picar piedras al ritmo de una melodía. Y los mantenemos sentados a una silla, para que vean solo la porción de mundo que nos interesa, convencidos de que la rectitud y el orden son vitales para su educación. Pero nada de eso les hace más válidos para el futuro.

Los profesores enseñan a través del discurso, realizado desde una mesa elevada. En rara ocasión se tiene el tiempo necesario para hablar y comprender las necesidades de cada alumno, puesto que los contenidos fijados les obligan a dar sus clases atropelladamente, sin atender a particularidades. No importa cuáles son los intereses del niño, los secamos y los dejamos en un cajón, como rosas del desierto. Luego, en diez años, con un poco de suerte, se reencuentran con aquello que levanto una chispa en ellos, y la curiosidad olvidada despierta para devolverles la motivación que el sistema educativo enterró.

Además, nos creemos con derecho a puntuar su trabajo, a puntuarlos nominalmente, señalando su esfuerzo, sus resultados, a los propios alumnos. Y nos atrevemos a hacerlo porque no son personas a nuestros ojos. ¿Quién encontraría valor para puntuar del uno al diez a un trabajador? ¿A entregarle un informe con su nota y reprocharle delante de su familia el rendimiento desarrollado? ¿Con qué valor dejamos que puntúen a nuestros hijos? ¿Cómo pedirles luego que estudien por voluntad propia, una vez hemos marcado esa distancia con ellos?

Desde el discurso en el estrado, el profesor no es capaz de comprobar si los alumnos han entendido o son capaces de poner en práctica los contenidos, lo cual justifica que su jornada laboral se alargue indefinidamente, en la realización de un trabajo extra fuera de horario, al que comúnmente conocemos como deberes. Pero ¿y si el profesor tuviera la oportunidad de dedicar un momento a cada alumno en clase, y ayudarle en la resolución de ejercicios relacionados con esos contenidos? Quizás de esta manera, nuestros hijos podrían conciliar la vida familiar, tal y como demandamos nosotros en nuestro trabajo.

Claro que ellos se están labrando un futuro. ¿Pero qué futuro? ¡Si los contenidos que se desarrollan en la escuela nada tienen que ver con la realidad que les espera cuando salen de esta! Afuera, hay que negociar, emprender, mejorar la vida de los demás para conseguir un rédito a cambio. También hay que relacionarse con otros, ser empáticos y trabajar nuestros sentimientos con el fin de que los sucesos que nos trae la vida no se nos atraganten. Al crear productos o servicios en base a los gustos o las necesidades de los demás, no solo competimos entre empresas: estamos cooperando. Pues bien, la base de la cooperación reside en nuestra capacidad para relacionarnos con otras personas, y a eso deberían dedicarse las escuelas.

Pero de ese futuro, ni nuestros políticos ni las escuelas públicas o concertadas saben nada. Nos prometen que preparan a nuestros hijos para lo que vendrá, como adivinos que predicen lo que puede suceder. Y nos dejan tranquilos, seguros de que están en buenas manos. Los niños acaban la escuela lustrosos, brillantes, con una banda en el cuello y la sensación de que son un coche nuevo dispuesto para estrenarse: un producto. Pero ni siquiera les han enseñado a lidiar con la realidad existente, menos aun la futura. Por eso la educación ya no asegura un empleo. El trabajo debe nacer del emprendimiento, del conocimiento de la sociedad, de sus necesidades y de los medios para satisfacerlas.

Para ello, los principios de La Arboleda son un oasis en el desierto, la primera piedra de una educación adaptada a la verdadera naturaleza del ser humano. Ratios por alumno menores, educación personalizada, alumnos de distintas edades dentro del aula, libertad de movimiento y distintos ritmos de trabajo. Ni exámenes ni deberes. Un lugar donde crear libre pensadores, alejados de los estándares que con tanto mimo se empeñan en vendernos.

¡Mucha suerte!

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David S. Ariznavarreta
Escritor, intento de periodista, ingeniero por accidente. Reflexiones, videos y columnas en:
www.facebook.com/ElCollardeMenta
​https://twitter.com/elcollardementa
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