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El 27 de mayo de 2016

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Cambios inquietantes

Sergio Andrés Cabello

No es un fenómeno nuevo, es un proceso que lleva ya un tiempo desarrollándose en nuestras sociedades. El crecimiento de los movimientos políticos de extrema derecha están adquiriendo nuevas y preocupantes dimensiones. Obviamente, antes también lo eran, pero las transformaciones políticas, sociales e identitarias de las dos últimas décadas están generando escenarios más complejos que resucitan discursos que se creían superados. La crisis de los refugiados en la Unión Europea está resultando un ejemplo del impacto de estos movimientos, observándose en las reacciones de algunos de los países de Europa del Este, de las manifestaciones en Alemania y Francia, etc. Hace ya muchos años que el Frente Nacional en Francia dejó de ser algo excéntrico para convertirse en un actor político fundamental, con casi siete millones de votos en las elecciones regionales de 2015. En Grecia, la irrupción de los neonazis Amanecer Dorado supuso una especie de shock por el pasado de la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias. En Gran Bretaña, junto al Brexit o el referéndum del 23 de junio por la permanencia o no del país en la UE, hay que añadir al UKIP, abanderado de la segunda opción. Y qué podemos añadir del ascenso como candidato del Partido Republicano en Estados Unidos de Donald Trump, con un discurso basado en buena parte en cargar contra el “otro”, en este caso la comunidad latina fundamentalmente, que asiste horrorizada a la situación.

Muchos movimientos y escenarios que tienen sus importantes diferencias, pero también sus puntos en común. El primero, sin duda alguna, es que han sabido hacerse con buena parte de un electorado que está sufriendo los cambios e impactos derivados de la globalización, en este caso la pérdida de empleos, de niveles de vida logrados en las décadas pasadas. Si ya en la década de los 90 se asistía con asombro sociológico al voto captado por el Frente Nacional en los barrios humildes y tradicionales de clase obrera de las grandes urbes francesas, lo que está ocurriendo en estos momentos no deja de seguir en parte ese modelo. Es, por ejemplo, el electorado que está aglutinando Trump a su alrededor. En segundo lugar, y en todos los casos, también hay un “chivo expiatorio”, que es la inmigración o los “otros”, por eso se echa la culpa a los extranjeros y a los que vienen de fuera, y se pide la construcción de muros y barreras. Hay una cierta vuelta también a las esencias, a los elementos más rancios de las identidades nacionales, ahí están como muestra los alemanes de PEGIDA o del partido Alternativa para Alemania. Suelen hacer hincapié en esas cuestiones identitarias frente a la UE o la propia globalización.

No cabe duda que estos cambios, muchas formaciones están presentes en la Eurocámara, se retroalimentan, se radicalizan y más en función de otros procesos como el yihadismo, y conquistan nuevos espacios. No debemos tampoco caer en la caricaturización de estos grupos, su impacto viene en parte de haber leído la situación negativa de parte de la sociedad en su beneficio. Posiblemente, la izquierda y la socialdemocracia no supo gestionar la globalización y sus impactos, que le hubiese permitido dar una respuesta más ajustada y precisa ante un proceso imparable y de esas dimensiones. De hecho, si nos fijamos en los seguidores y seguidoras de las formaciones y políticos emergentes (Syriza, Podemos, Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, etc.), no cabe duda que se encuentran en buena parte en las clases medias cualificadas. No hay una disonancia más clara en este sentido que la de Bernie Sanders en Estados Unidos, con sus apoyos más localizados en los espacios en los estados y ciudades más progresistas, mientras que en el resto del país la figura es Trump.

En definitiva, es necesario reconectar con estos colectivos que se han escorado hacia la extrema derecha para que esas formaciones se hagan más significantes. Algunos y algunas lo han visto claro. En España, mientras tanto, permanecemos como una anomalía debido a la reducida dimensión de estos movimientos, para ejemplo las casi 1.000 personas que se manifestaron el pasado 21 de mayo en Madrid, pero eso no quiere decir que no existan.

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Sergio Andrés Cabello
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