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El 29 de marzo de 2011

Tiempo de lectura: 07:13
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Crisis ideológica en Europa

La crisis está pasando como una apisonadora sobre los gobiernos más estables de la Unión Europea. No importan las cifras económicas, sino la imagen que ha salido hecha trizas de la peor crisis financiera que se recuerda.

Nicolas Sarkozy y Angela Merkel

Redacción

Aparentemente puede no tener mayor significado que de puertas adentro, pero no es así. La semana que ha terminado ha sido un escaparate de lo que está sucediendo  en algunos de la Unión Europea (y lo que está por venir), consecuencia de la crisis económica, que prácticamente ningún gobierno ha sabido gestionar. Y es que democracia no es sólo hacer, sino también saber decir, comunicar… y es precisamente la política de comunicación el principal motivo de la caída en picado que sufren los  políticos europeos, o mejor dicho que  soportamos los ciudadanos.

Este mes de marzo que termina Eurostat publicaba que tan sólo uno de cada diez españoles confía en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, pero no es un dato aislado de la crisis que azuza España, sino que es una situación que se repite en países que ya han salido de la crisis. Las políticas erráticas y la desconexión que parece haberse impuesto entre ellos y nosotros es un síntoma de que algo no funciona. Es el momento de la irrupción de otras opciones minoritarias, de los pequeños grupos que han sido testimoniales, que han contribuido a formar alianzas de Gobierno más o menos estables, pero que ahora irrumpen con fuerza.

Por partes. Lo ocurrido en Alemania el domingo 27 de marzo va a dejar tocado de muerte el Gobierno de la canciller Angela Merkel, para quien tan solo hace dos años se pintaba un horizonte totalmente despejado. Venció en los comicios generales también un día 27, pero de septiembre de 2009, y pudo sellar su ansiada alianza con los socios naturales de los democristianos: los liberales del FPD. Merkel daba por finiquitada la segunda gran coalición a la que se había visto abocada Alemania por segunda vez desde el término de la segunda guerra mundial. Un experimento que no terminó del todo mal y que a día de hoy le permitió gobernar incluso con mayores cotas de popularidad. A la cabeza de la recuperación económica europea, con datos de paro a la baja y crecimiento en positivo nada podría hacer indicar que algo va mal en Alemania. Pero en clave interna, los bandazos de Merkel han sido su talón de aquiles. Si el pasado otoño sacaba pecho en defensa de la energía nuclear, el mismo día que un tsunami arrasa la costa noreste japonesa (11 de marzo) y pone en vilo a medio mundo por el peligro de catástrofe nuclear en Fukushima, la canciller pierde los papeles, no piensa un minuto y salta a la palestra con un discurso claramente antinuclear. Sorprendió a todos. Los alemanes, que no son dados a vaivenes políticos, valoraron negativamente un gesto que consideraron oportunista y con un trasfondo electoral: el del pasado domingo. La CDU se asomaba al precipicio por el que la propia Merkel ha terminado despeñándose. Ella sola y sin ayuda de la oposición. Gobernaba el land más potente económica e industrialmente hablando de Alemania: Baden-Württemberg, donde el pleno empleo es una realidad entre sus casi once millones de habitantes. Una derrota que además ha supuesto la primera victoria de la historia alemana de los Verdes. Es cierto que los democristianos han perdido poco más del 5% de los votos, pero es que los ecologistas han arrasado con un ascenso que les ha hecho escalar  hasta el 24,2%. El resultado será una alianza de gobierno con los socialistas (SPD) que esta vez servirán de socio menor y no al revés.  Alemania ha castigado duramente ese discurso oportunista de Angie.

Pero los germanos también han castigado lo que consideran un desaire de su canciller a sus aliados europeos en la OTAN al declararse en neutralidad y no participar en el grupo de los 28 que han acudido al “rescate” libio. Los rumores planean aún entre los rotativos de la prensa alemana sobre lo que sucedió entre el ministro (y presidente de los Liberales) de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, y ella, quien al parecer pudo haber obligado a su mano derecha de coalición en Berlín a abstenerse frente al voto negativo que éste pensaba dar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Una vez más, y a renglón seguido del giro antinuclear de Merkel, nadie lo entendió y nadie lo entiende, máxime cuando a la par que explicaba las razones para no participar en la Alianza Internacional decidía “compensarlo” con un envío de tropas a Afganistán. El desapego alemán le ha pasado factura y no sólo por estos virajes sino también por las duras condiciones y el manejo de los tiempos que impuso en las condiciones de rescate de Grecia y de Irlanda poniendo en serio peligro la estabilidad del euro.

Pero Merkel no es la única en serios aprietos. El domingo 27 de marzo tampoco fue bueno para su homólogo francés. Nicolás Sarkozy, vive horas aún más bajas. Lo constata nuevamente el mejor y más fiable de los barómetros electorales: los comicios cantorales, con más significado simbólico que otra cosa. En ambas vueltas ha vencido el opositor Partido Socialista de Martine Aubrey, que aún tiene que dar la pelea con sus compañeros de filas para designar al candidato que desaloje a Sarkozy del Palacio del Eliseo. Y voilá que será él mismo. Alguien dijo una vez que las elecciones no se ganan. Se pierden. Y es lo que una detrás de otro, agónicamente están experimentando los líderes europeos en las horas más bajas de la Unión. En el caso francés las elecciones cantonales han dejado tras de sí una estela abstencionista que se aproxima casi a la mitad del electorado, que decidió quedarse en su casa y no votar, porque está harta y porque así manifiesta su voto de castigo. Y quien acudió a las urnas lo hizo para votar a la líder ultraderechista Marine Le Pen, heredera de la ideología ultranacionalista y conservadora, alzándose con el 10% de los votos en segunda vuelta a la cabeza del Frente Nacional. Los más allegados a Sarkozy le han reprochado su falta de miras respecto a estos comicios, que suelen ser la antesala casi fidedigna de las presidenciales. Tanto es así que sólo si Ségolène Royal decidiera hacerle frente el año que viene (en caso de vencer en las primarias), los socialistas quedarían fuera de la segunda vuelta. Si no es ella la candidata, entonces el Partido Socialista llegaría a la segunda vuelta electoral y tendría enfrente nada menos que a Marine Le Pen como candidata a presidir la República Francesa. Sarkozy no superaría la primera vuelta. De nuevo, el hartazgo proyectado en el voto a partidos minoritarios, que, según los sociólogos, son un gran caladero del voto desencantado en todas las citas electorales de trascendencia menor.

Y es que el presidente francés tampoco ha estado acertado en el último año: el paro crece en Francia por encima de los parámetros habituales en la segunda gran economía de la Unión Europea. Y a eso hay que añadir los desmanes del líder de la Unión por un Movimiento Popular con su idea de legislar la identidad nacional, propuesta que no sentó nada bien al electorado francés. Y, por otro lado, sus votantes más conservadores han mostrado un claro descontento en estas cantonales porque consideran que Sarkozy está desvirtuando el tradicional discurso de la derecha francesa para satisfacer a todos. ¿No es  acaso el síndrome de querer complacer a todos que le ha sucedido a Zapatero? Puede que sí, pero lo cierto es que Sarkozy al igual que Merkel lo tiene complicado para mantenerse en el poder.

Ambos líderes no han sabido gestionar la crisis, según la opinión ciudadana y esto ha terminado manifestándose en forma de abstención y de voto a otras opciones., porque los electorados del SXXI son distintos: no están por la simple alternancia de sistemas casi bipartidistas. El votante ya no es fiel a su voto. Y es un ejemplo aplicable también al casi recién estrenado como Premier, David Cameron. Cierto es que carece del tirón de aquel Tony Blair que encadiló al Reino Unido en 1.997 poniendo punto y final a años y años de gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y de su fallido valido, John Major. Pero el líder de los conservadores ha tenido que tragar sapos y culebras para pactar con un socio antinatural: los liberales de Nick Clegg, que irrumpieron con tanta fuerza en las últimas legislativas inglesas que se convirtieron en la llave de Downing Street. Evidentemente los laboralistas (a pesar de que Gordon Brown lo intentó) no iban a revalidar su gabinete, pero ahora unos meses después el electorado inglés piensa que ni tan nefasto ni tan equivocado andaba el triste Brown en sus últimos meses de Gobierno. Cameron estrenó el apartamento del 10 de Downing Street metiendo la tijera en todo el sector público desde el empleo hasta las ayudas a los estudios universitarios. Resultado: desató la furia inglesa, especialmente en los más jóvenes. No ha pasado siquiera un año de alcanzar el cargo de primer ministro cuando las encuestas muestran un nuevo giro al Laborismo, a cualquiera de los hermanos David y Edgard Miliband, que ya en su día se postulaban herederos del Nuevo Laborismo de Blair. Pero, además el descontento es mayúsculo con la mano derecha del Gobierno Cameron: los votantes consideran que  concedieron 57 asientos a Clegg, consideran que les ha fallado sometiéndose a las exigencias de la derecha, que en plena crisis ha llevado al máximo sus recortes. Se prevé un descalabro mayúsculo de los liberales de cara a los próximos comicios que se celebren en Reino Unido.

Y queda por ver que sucede en España el próximo 22 de mayo, donde por mucho que el PSOE lo intente evitar habrá voto de castigo, de hastío, de cansancio, de casi tres años de crisis, de una mala política de comunicación,  e medidas erráticas y un sinfín de rifirrafes entre ambos grandes partidos, PP y PSOE, que apenas han trabajado juntos por salir de la crisis.
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