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Lunes 14 de Octubre de 2019Actualizado 23:31

CLA SB
El 9 de abril de 2010

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Epidemias y progreso

Aunque los microorganismos que producen las patologías “están en la naturaleza desde siempre, necesitan de unas determinadas condiciones para generarlas”, añade. Bajo el título general de “Epidemias en España”, los ponentes han hablado de las epidemias de fiebre amarilla, cólera y gripe.

Europa Press

“La enfermedad, en general, y las epidemias, en particular, están íntimamente relacionadas con el desarrollo humano”, ha destacado el profesor Diego Gracia, catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Fundación de Ciencias de la Salud, a modo de conclusión de la cuarta y última sesión del ciclo “Desde la Memoria: Historia, Medicina y Ciencia en Tiempos de…”.

En los siglos XVIII y XIX “aparece la preocupación por la salud de la población, razón por la cual cambian el concepto de epidemia y los medios para prevenirla”, ha apuntado el profesor Esteban Rodríguez Ocaña, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Granada, durante su intervención. Entre otras cosas, cambia la legislación sanitaria y empiezan a aparecer las vacunas y los sueros. “Cuando desaparece el régimen absolutista, el control de esta normativa tan específica pasa de manos militares a civiles, la Administración sanitaria se profesionaliza y desaparece la tipificación de delito en este ámbito”, explica. En estos dos siglos, “el interés por la enfermedad pasa de una atención episódica a una permanente”.

En nuestro país, las epidemias de peste dejaron paso a las de fiebre amarilla, que es una enfermedad vírica típica del comercio transatlántico. Por esta razón, “los brotes se dieron fundamentalmente en los puertos marítimos, afectando especialmente al suroeste español”, afirma el experto. “A lo largo del siglo XIX se hizo muy notable el cólera, convirtiéndose en pandémico en torno a 1817”, comenta. Se trata de una patología típicamente industrial producida por una bacteria. Las tres grandes epidemias de esta enfermedad en España fueron las de 1833-1835, 1853-1856 y 1884-1885. “Una característica común a todas las epidemias es el miedo a la enfermedad, al tratamiento y a las medidas de incomunicación”.

Los medios de transporte contribuyen a la expansión de las epidemias

Por su parte, el doctor Rafael Nájera, profesor emérito de la Escuela Nacional de Sanidad, ha tratado sobre la historia de la gripe. Se han consignado 31 pandemias en los últimos cuatro siglos, destacándose especialmente las de 1788-1789, 1889-1890, 1918-1919 y 2009. “La influencia de los medios de transporte en su expansión empieza a documentarse en la segunda de ellas, y cobra especial relevancia tras la aparición de los aviones comerciales”, señala el experto. Asimismo, “los grandes avances en torno al abordaje de la gripe aparecen ligados a intereses económicos más que sanitarios”, debido a las consecuencias negativas que tuvo para industrias tan importantes como la tabacalera o la porcina. Así, hasta 1933 no se descubrió el virus de la gripe.

En relación con la evolución del virus de la gripe, hay tres epidemias a tener en cuenta: la “gripe española” de 1918, la asiática de 1956, la de Hong-Kong de 1968. La primera “se habría originado a partir de una fuente aviar en porcinos y humanos”, señala el experto. Este virus fue reemplazado por otro en el que se mezclaron segmentos suyos con los de un virus de procedencia aviar. “Éste circuló hasta la aparición de un nuevo recombinante en 1968”. El origen de la actual pandemia se debe a un virus con genes procedentes de 2 cepas porcinas, una aviar y otra humana. “La enorme capacidad de estos virus para recombinarse justifica las medidas tomadas por las autoridades sanitarias ante la incertidumbre de su evolución futura”.

El profesor Vicente Pérez Moreda, catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Complutense de Madrid, ha expuesto su visión de las implicaciones demográficas y económicas de las epidemias. “Podemos admitir que la peste causó cerca de un millón de defunciones en España durante el siglo XVII, pero esto supuso menos de un 5% de la mortalidad total de nuestro país en ese periodo de tiempo”, apunta el experto. Por ello, la importancia de esta epidemia en concreto “radica en el carácter socialmente indiscriminado de su mortalidad más que en su relevancia demográfica”. Posteriormente le seguiría la época de la viruela, en el XVIII, y la preponderancia del cólera y de las enfermedades sociales, en el XIX.

También se pueden extraer conclusiones positivas de las grandes mortandades del pasado. Así, “a raíz de las epidemias del siglo XIV, se adoptaron nuevas medidas de urgencia para reducir el caos urbano y contrarrestar el contagio”, como la prohibición de la movilidad de personas y mercancías. “Algunas de ellas llegaron a ser permanentes, y se controlaron por medio de los consejos de sanidad, observatorios epidemiológicos municipales que tuvieron un importante desarrollo”, explica. Otras epidemias posteriores estimularon la redacción de las primeras leyes de sanidad. “La lucha contra la epidemia debería hacernos recordar que muchos dieron la vida por el desarrollo de medidas preventivas”, añade.

El profesor Antonio Carreras, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Salamanca, ha señalado que “el declive de la peste se debió fundamentalmente a la mejora en las condiciones de vida y en los servicios de salud”. A pesar de ello, “sigue siendo una enfermedad de declaración obligatoria porque el riesgo de epidemia siempre está ahí”. En la actualidad se registran entre 1.500 y 3.000 casos al año en todo el mundo, con una mortalidad cercana al 15% (de 200 a 300 fallecimientos). “Dicha cifra era del 60% antes de la aparición de los antibióticos, y del cien por cien en los casos de peste neumónica (el bacilo se contagia por las vías respiratorias)”, apunta. La peste bubónica y la gangrenosa son las otras dos formas de la enfermedad.

Epidemias y literatura

Las epidemias han llenado las páginas de muchas obras literarias, razón por la cual la segunda sesión del ciclo de conferencias “Desde la Memoria: Historia, Medicina y Ciencia en Tiempos de las Epidemias” se ha celebrado bajo el epígrafe de “Epidemias y Ficción”. A este respecto, la escritora María Tena ha analizado cuatro grandes relatos en los que se hace referencia a tales amenazas: “Decamerón”, de Giovanni Boccaccio; “Muerte en Venecia”, de Thomas Mann; “La Peste”, de Albert Camus, y “El Amor en los Tiempos del Cólera”, de Gabriel García Márquez. En todas ellas queda demostrado que las epidemias “sacan lo mejor y lo peor de las personas”, explica.

Las epidemias “nos concitan a un miedo mayor que la muerte en sí, en la medida en que pueden desencadenar una catástrofe global”, apunta la escritora. El amor, el poder y la familia son los otros grandes temas de la literatura. “Una de las reacciones más habituales ante el miedo a una determinada epidemia es la búsqueda de un culpable y su exclusión de la comunidad, tal y como ya ocurriera con los enfermos de sida en los años ochenta”, afirma. Incluso hoy en día “estas personas siguen siendo tratadas como apestados, pues hay numerosos países en los que les está prohibida la entrada”. En definitiva, “es increíble hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano cuando se tiene miedo”.

Según el escritor Miguel Sánchez-Ostiz, “la amenaza de la epidemia siempre va a acompañada de la flecha del miedo”. Un claro ejemplo de esto podemos encontrarlo en la reciente crisis de la Gripe A. Dicho miedo “suele ser contagioso y el rumor suele contribuir considerablemente a su propagación”, señala este escritor. “La primera reacción ante el miedo a una epidemia es negar su existencia”. Tras esto, “lo más habitual viene siendo la búsqueda de un chivo expiatorio y el aislamiento de grupos sociales muy concretos, dejándose a un lado todo tipo de racionalidad científica”, añade. No obstante, este experto cree que “el conocimiento no nos hará menos temerosos frente a las epidemias”, al contrario de lo que opina María Tena.

Enfermedades estigmatizadoras

Los males secretos son patologías que tienen un especial estigma. Quizás la más representativa de todas ellas sea la sífilis, que tardó en curarse casi cuatro siglos desde su aparición, en 1495. “Se ha dicho de la clamidia que es la enfermedad silenciosa, pero puede decirse lo mismo de la sífilis, pues sus síntomas, pasados los estadios iniciales, pueden tardar en aparecer hasta 20 años después del contagio”, ha señalado el profesor Guillermo Olagüe de Ros, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Granada, durante su intervención en la tercera sesión del ciclo “Desde la Memoria: Historia, Medicina y Ciencia en Tiempos de…”, organizado por la Fundación de Ciencias de la Salud.

Con respecto a la visión estigmatizadora de esta enfermedad, es de destacar la imagen de la culpabilidad de la mujer frente a la inocencia del varón como norma durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. “Esta situación se vió considerablemente agravada por el predominio de una legislación muy represiva y vejatoria con la mujer en todo ese tiempo”, señala el experto. “A esto habría que unir las repercusiones bioéticas de la abundante experimentación con humanos que se llevó a cabo durante el siglo XX sin consentimiento alguno de los afectados, sobre todo en Estados Unidos”. Esto produjo la publicación de más de 15 artículos sobre la enfermedad entre 1932 y 1972. “En España se está dando un incremento importante en su incidencia”, concluye.

La enfermedad de los artistas

Otro mal secreto muy representativo es la tuberculosis. En contraste con la visión estigmatizadora dada por el profesor Olagüe de Ros, el escritor Ignacio Martínez de Pisón ha hablado del prestigio social de una enfermedad que hizo especial mella en el colectivo de artistas durante el siglo XVIII y principios del XIX. “Estar enfermo era bello e incluso deseable”, señala. “Este vestigio romántico desapareció cuando se descubrió el bacilo causante de la enfermedad”, añade. Escritores tan importantes como Gustavo Adolfo Bequer, las hermanas Brontë, Miguel Hernández, Franz Kafka, George Orwell, Jaime Gil de Biedma, Edgar Alan Poe o Antonio Machado padecieron o vivieron de cerca la enfermedad.

En cuanto a la presencia de la tuberculosis en la literatura, “La Montaña Mágica”, de Thomas Mann, es la obra cumbre. Por su parte, “Pabellón de reposo”, de Camilo José Cela, sería la novela española más importante sobre esta patología y sobre la vida en los sanatorios antituberculosos. A partir de 1960, “el paso del ingreso hospitalario al tratamiento ambulatorio de la patología modifica de forma determinante esta tradición novelesca”, explica. En general, “la tuberculosis, en este tipo de libros, suele reflejar la situación que en ese momento está atravesando la sociedad en la que está ambientada la historia”, añade. Al igual que ocurre con la sífilis, hay numerosos estudios que muestran un incremento importante de la tuberculosis en los países desarrollados.

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