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El 18 de diciembre de 2009

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Retrato del prejuicio hacia la mujer brasileña en España

La discriminación doble hacia la mujer inmigrante, por su doble condición de inmigrante y mujer, se oculta incluso bajo las bromas gráficos que fomentan estereotipos denigrantes.

Redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bajo la etiqueta de la broma, la camiseta fotografiada en el Rastro de Madrid, transmite un mensaje humillante que pudiera habitar el imaginario de algunos colectivos: el de que toda brasileña estaría dispuesta e interesada en vender su cuerpo.

En pleno día del inmigrante es penoso constatar la aún imperante en algunos sectores falta de respeto hacia las mujeres inmigrantes y, particularmente, brasileñas. Compartiendo, o no, el mismo oficio de María Madalena, la mujer no está siendo respetada ni como ser humano, ni como contingente de trabajo, lo que hace prácticamente imposible convivir de manera digna con la paradoja de estar en un país que tanto la necesita, como la rechaza. La generalización, en ese sentido, es nada más el producto de la ignorancia. Nada más lejos de la realidad: preparada para enfrentar mercados competitivos, la mujer brasileña, así como la española, ocupa puestos importantes en política, empresas de los más variados campos de actuación, enseñanza, comercio, servicios e incluso dentro de su propio hogar. Sin embargo, es cierto también, que son muchas las que ocupan trabajos no cualificados e incluso que se dedican a la prostitución. Se trata, en todo caso, de un tema que no debe ser tratado con liviandad.

Como mínimo, sería adecuado examinar los contextos sociales, educacionales, económicos y políticos en los cuales esas mujeres estuvieron y están inseridas. Nacer en Brasil es nacer en un país donde las desigualdades acaban por minar la cohesión social, donde la pobreza y la imposibilidad de acceder a la educación básica pueden destruir los sueños de miles de mujeres, que, sin opción, acaban por dedicarse a la demanda del sexo. La mujer se hace  un producto para el consumo masculino y, como tal, al someterse al poder de compra de su propio cuerpo, participa en este juego de manera desigual y acaba por fecundar una posición muy poco cómoda desde el punto de vista social: la de la indignidad. Si ya es desdichada esta situación en su propio país, el hecho de ser una extranjera hace que su rutina profesional sea aun más dura.

Un extranjero pertenece sin haber pertenecido. No es “nosotros”, sino “los otros”.  Bajo estos conceptos, se podría caer en una especie de trampa al equivocarse deduciendo que el problema de las prostitutas brasileñas inmigrantes constituye un problema ajeno al de la sociedad del país de acogida. Muchas se vienen a este país engañadas, le comen la carne y se le dejan los huesos. Mientras tanto, existe multitud de circunstancias vitales a las cuales no tienen acceso: la vivienda, la educación, la sanidad, la estabilidad económica, social y emocional. ¿Quiénes son los responsables del funcionamiento de ese sistema? ¿Los consumidores del sexo pagado, que muchas veces son hombres casados que bajo el rótulo de buen marido y buen padre, acuden a la prostitución a escondidas? ¿Cantidad de ejecutivos que, en vacaciones, se van a Brasil de turismo sexual? ¿Los que forman parte de los esquemas de redes de prostitución que crecen sin parar, es decir los “empleadores” y los usuarios de esos servicios? ¿El gobierno? ¿La policía? ¿Por qué hay tantas putas aquí? Porque hay demanda. Si hay tantas “señoritas brasileñas” en España, es porque habrá una cantidad mucho más grande de hombres que, para desahogar sus inquietudes sexuales, alimentan la hipocresía social. ¿Y a estos? ¿Nadie les tiene prejuicio?

 

Fotografía y texto de Ángela Farias


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