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El 25 de noviembre de 2009

Tiempo de lectura: 03:22
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¿Dónde pido ayuda?

Cuando las víctimas de la violencia doméstica deciden pedir amparo, protección o asistencia no siempre reciben la información adecuada, dichas ayudas no están precisamente adaptadas a sus necesidades y en algunos casos perciben una falta de sensibilidad y empatía con su situación por parte de quienes prestan ese apoyo.

Redacción

Son algunas de las conclusiones de un estudio presentado en el XXIX Congreso de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC).  Entre los estudios sobre este problema destaca esta entrevista a 32 víctimas a las que se les ha preguntado cómo perciben el acceso a los recursos de ayuda de que disponen. La doctora Carmen Fernández, una de las autoras, asegura que fue un privilegio escuchar a las mujeres en el contexto de una entrevista abierta. “Fue una tremenda experiencia ver de cerca, cara a cara, el dolor tan profundo que genera la violencia machista pero también la inmensa fuerza, capacidad de lucha y resistencia de tantas afectadas”.

La doctora Fernández, experta en violencia doméstica de semFYC, subraya que, cuando reciben la ayuda necesaria, estas mujeres son las primeras que lo valoran después como un elemento esencial en su recuperación. “Eso sucede cuando hay una verdadera implicación y se informa y orienta correctamente”, aclara. Pero no siempre es así y las dificultades que mencionan como más recurrentes en relación con el acceso a recursos de ayuda son una información pobre o fragmentada, el verse obligadas a recorrer distintos dispositivos institucionales fatigosos, no siempre bien coordinados. También citan la escasez de recursos adaptados a sus necesidades (vivienda, ayudas económicas, trabajo) y una falta de sensibilidad y empatía en parte del personal que las atendió.

En este sentido, las experiencias más negativas se localizan en relación con los recursos judiciales. Según la doctora Fernández, muchas mujeres relatan su paso por las instituciones judiciales con “auténtico pavor”. “Critican el trato recibido y afirman haberse sentido tratadas en ocasiones más como culpables que como víctimas. Aluden igualmente a una falta de asesoría jurídica previa adecuada que les sirva para hacer frente al proceso”, comenta esta experta. No son las únicas quejas en este ámbito: también refieren la insuficiencia de las valoraciones forenses sobre el impacto del maltrato, sobre todo cuando las consecuencias son emocionales, y la frecuencia con la que las sentencias judiciales resultan laxas y “comprensivas” con el maltratador.
 
En el estudio se analizó si el acceso a los recursos de ayuda, especialmente la atención psicológica, variaba si la maltratada residía en el medio rural o en el urbano. “Se ven obligadas a desplazarse y, en estos casos, la distancia, las dificultades en el transporte, el no tener vehículo propio ni una red de apoyo pueden ser obstáculos importantes. Además, las mujeres que trabajan pueden tener problemas para hacer compatibles los horarios. Sólo en algunas zonas hay recursos itinerantes”, explica la doctora Fernández. 

No es la única diferencia, el mayor control social en el ámbito rural puede generar temores y resistencias. “Muchas de estas mujeres tienen miedo y se sienten  amenazadas porque en los núcleos pequeños es difícil garantizar que el maltratador no sepa que ella está pidiendo ayuda. Las que viven en ciudades pueden contar además con la ayuda de asociaciones de afectadas, que las acompañan y asesoran, aunque no todas las conocen ni las tienen cerca de su lugar de residencia. Sólo existen en algunas provincias”
 
EL PAPEL DEL MÉDICO
Los profesionales sanitarios formados en la detección y manejo de la violencia doméstica pueden contribuir de forma muy significativa a mejorar la situación de estas mujeres. Según la doctora Fernández, la formación se traduce en más casos detectados y de forma más precoz, pero también a una mejor respuesta del profesional ante una situación de malos tratos. “Todas las comunidades autónomas están realizando un esfuerzo en esta dirección, pero aún queda mucho por hacer. En algunas como Cantabria, en las que los programas de formación se iniciaron antes y además al no ser muy grande llegaron a la casi totalidad de los profesionales, se ha podido medir este impacto en la práctica  comprobándose un incremento notable de la detección y un adelanto en el diagnóstico”.

El médico de familia juega un papel crucial porque muchas mujeres van a ir al centro de salud o a los servicios de urgencias en busca de ayuda. “Los médicos deben tener en cuenta que la paciente acude a la consulta sin levantar sospechas. Es fundamental saber escuchar sus necesidades y transmitirles información básica y útil, identificándoles el recurso más adecuado. Los trabajadores sociales del Equipo de Atención Primaria y de los Centros de Acción Social suelen ser los profesionales que mejor conocen los recursos de este tipo y quienes mejor pueden informar a la mujer y derivar, si es preciso, a los servicios sociales”, asegura esta experta.

 

 

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