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La Rioja vaciada
El 16 de septiembre de 2009

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La verdadera riqueza del voluntariado

El coordinador de Comunidad Esperanza, Sergio Godoy, acerca la labor de cooperantes internacionales en Guatemala, donde él mismo ha conocido la realidad de decenas de niños.

Redacción

Cuando conocí al Conejo y a su pandilla, era tan difícil acercarse a ellos como querer meter las manos en una colmena. Manteniéndote a distancia estaban asegurándose de que su mundo permaneciera intacto y que ningún elemento extraño alterara su rutina. Años más tarde he podido ir confirmando que ese mecanismo de defensa obedecía a una reacción inconsciente ante las múltiples experiencias de rechazo de las que eran  – y son todavía – víctimas. Para casi la mayoría de la población de la zona, la gente que trabaja en el vertedero municipal no solamente está sucia sino que es peligrosa, mala, agresiva, ladrona. Esta percepción se traduce luego en actitudes que marginan y que hieren profundamente, provocan resentimiento y despiertan la agresividad como mecanismo de defensa. Fue necesaria mucha constancia y mucha paciencia para ir logrando abrir una brecha en ese muro invisible que nos separaba en realidad un balón de fútbol, una olla y unos caramelos pueden obrar maravillas.

 


La intención era buena, procurar para los niños y niñas trabajadores del vertedero municipal un espacio que les permitiera acceder a mejores condiciones de vida: educación, salud, alimentación  y recreación. Sin embargo,  no contábamos con su rechazo ni con los prejuicios de los mismos padres de familia.

 


Dentro de este proceso de conquistar un lugar en su ambiente y en su vida, los voluntarios o cooperantes han desempeñado, sin proponerselo siquiera, una tarea vital para el futuro de estos chicos: ayudarles a reconstruir su mundo afectivo y abrir sus horizontes a otro modo de relación.

 

 

Susi vive en la más marginal y peligrosa de las barriadas de la ciudad. Sus primeros pasos los dio precisamente en el vertedero, en medio de los sacos llenos de material recolectado por sus padres a quienes comenzó a apoyar en cuanto tuvo fuerzas. La dureza de las condiciones de vida y las jornadas tan intensas dejan poco espacio para las expresiones de cariño por parte de los adultos. A esto hay que agregar la tremenda inseguridad que le provoca el haber heredado algunas pequeñas limitaciones para la expresión oral y el aprendizaje. Es por eso que puede tomarse como todo un logro el que al cabo de los años y del contacto con gente que le dedica tiempo, atención y algo más, ella se atreva a tomarte de la mano, regalarte una flor o algún objeto que pesca dentro de la basura y te sonría mirándote a la cara mientras espera que le abraces.

 

 


Los primeros voluntarios que llegaron, no pretendían quedarse más que un par de días. Al cabo de un mes se marcharon convencidos de que merecía la pena volver al verano siguiente. Lo demás fue producto del boca a boca. Muchos de los que se apuntan no se imaginan siquiera lo que les aguarda; algunos esperan que la tarea a desempeñar corresponda con su formación profesional, aunque no siempre se da el caso. Otros, al cabo de dos días se rebelan contra lo que ven y tienen ganas de cambiarlo todo. Pero todos ellos tienen en común que una vez dentro se ven obligados a replantearse muchos esquemas y empujados a hacer lo que no esperaban, o simplemente a no hacer nada y con ello, hacer algo que es realmente productivo: perder el tiempo con un niño.

 

 

No es extraño cuando llega la hora del receso tras la comida, ver a un europeo alto y bien plantado jugar a las canicas con un grupo de patojitos (chiquillos)  que se las ganan todas; también ver a la chica guapa que comparte con otros la maravilla que les produce verse en la pantalla de una cámara digital o dejarles que ellos mismos hagan la foto, o sentarse en cualquier sitio mientras le toman por asalto varios pares de brazos hambrientos. El resto del tiempo lo dedicarán a trabajar en serio: dar reforzamiento a algún estudiante atrasado, servir de auxiliares en el aula, enseñar alguna manualidad, servir la comida y poco más.  

 


Por lo general, el inicio de las vacaciones escolares en España corresponde con el inicio de la temporada de voluntarios en Comunidad Esperanza. Aunque es un período de tiempo muy corto y movido, la presencia de voluntarios ayuda a refrescar el ambiente muchas veces desgastado por las exigencias de un trabajo que se realiza prácticamente los doce meses del año. Pero resulta también un momento precioso para el encuentro e intercambio de ideas, creencias y costumbres, ya que en un espacio relativamente pequeño logran convivir en armonía personas con distintas concepciones religiosas y culturales.

 


Al término de seis veranos se ha creado una relación que da mucho para escribir y que va mucho más allá de la simple cooperación. No es de extrañar, por ejemplo, que a unos estudiantes de  Primaria de un colegio en Madrid, Jerez o Zaragoza, les resulte muy familiar la historia del Conejo; y es que su caso y el de otros niños y niñas han servido como telón de fondo para educar en ellos el sentido de la solidaridad, gracias a que algunos voluntarios de la primera hora pertenecen a ese entorno y regresaron tocados.

 

 

La clave de todo esto pareciera estar en ese sano intercambio afectivo que se da entre cooperantes y beneficiarios, una experiencia realmente terapéutica: con el tiempo y la energía que invierten aquellos en éstos refuerzan su autoestima y respaldan el motivo de fondo de Comunidad Esperanza. Sin embargo, al mismo tiempo que estos pequeños se sienten intensamente amados, mirados con respeto y promovidos en su dignidad, suelen devolver con creces todo el cariño que reciben y proporcionar al voluntario una nueva perspectiva acerca de la vida y su sentido.

 


Resulta que al final, la verdadera cooperación al desarrollo va más allá de proveer recursos a los pueblos empobrecidos. ¿Quién enriquece a quién?

 

 

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