Rioja2

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El 11 de junio de 2008

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Asediado por el agua

Esta vez no han sido los franceses, sino la lluvia. San Bernabé ha vivido su día grande bajo la tormenta, que se ha hecho torrencial en el momento culmen del Once de Junio : el banderazo junto a la Muralla del Revellín.

Redacción

10 de junio de 1521. Los franceses, al mando de Asparrot, se retiran y renuncian a entrar a Logroño. Los galos ponen fin así a 18 duros días de asedio que a los ciudadanos de la ahora capital riojana, que han resistido en el interior a base de pan, pez y vino entre escaramuzas y temor, se les han hecho interminables.

Su huida desencadena el alborozo de los lugareños que, echando mano del santoral, declaran el 11 de junio como su día grande y a San Bernabé como su patrón. A él, los logroñeses le rinden honores desde entonces y, cumpliendo con lo prometido en el Voto de San Bernabé de aquel lejano día, continúan hoy mostrándole igual devoción, respeto y agradecimiento a través de sus alcaldes.

Este año, ha sido Tomás Santos, por vez primera, el encargado de cumplir con la tradición: el ondeo de la bandera de Logroño en los lugares donde se levantaban en 1521 las puertas de la villa. Los banderazos, expresión de la posesión de los logroñeses sobre su ciudad, han vuelto así un año más al Arco de San Bernabé, donde entonces se levantaba la Puerta de al Erbentia, a los Cuatro Cantones, antiguo emplazamiento de la Puerta de San Francisco y a las Murallas del Revellín, donde se situaba la llamada Puerta del Camino.



 

 

 

 

 

Lo han echo, eso sí, anegados en agua; todos, salvo el primero de ellos. Bajo el Arco de San Bernabé, que cada año se levanta frente al antiguo Consistorio de la ciudad, el alcalde de Logroño ha ondeado por vez primera la bandera logroñesa y ha expresado su primer deseo 'en seco'. Las nubes han respetado sus primeras palabras, que se han dirigido a todos los logroñeses, pero también a aquellos “que ahora viven entre nosotros y se están empadronando”. “Para que podamos -ha explicado- trabajar, disfrutar y vivir en paz”.

Poco después, la procesión, en la que debido a la lluvia este año no ha salido la imagen de la Virgen de La Esperanza, se ha dirigido hasta el Hospital de La Rioja. Allí se ha hecho una breve parada simbólica, para posteriormente llegar hasta los Cuatro Cantones bajo una lluvia ya persistente y mucho menos público. Allí, el segundo banderazo de Tomás Santos ha ido dedicado al Casco Antiguo logroñés, como no podía ser de otra forma. Una zona que el alcalde se ha comprometido en “recuperar”, “respetando” por igual a habitantes y al valor de los restos arqueológicos que puedan encontrarse en el futuro.

LLUVIA TORRENCIAL

De ahí, el cortejo ha marchado ya entre un mar de paraguas. El agua arreciaba cada vez con más fuerza. Hasta tal punto que, llegados a la Plaza del Parlamento, la procesión, que hasta ese momento mantenía un mínimo orden ha roto en estampida. Entre paraguas, la imagen de San Bernabé ha entrado bajo el arco del Revellín donde, dentro, aún trataban de danzar los grupos folclóricos a su llegada.

Y así, con
media corporación bajo el Arco -alcalde de Logroño, incluido-, santo patrón a resguardo, porteadores y danzantes castañuelas en mano, se ha tratado de organizar el final del acto entre autoridades empapadas, fotógrafos y periodistas buscando hueco y pocos, muy pocos ciudadanos de a pie. “Por la Cofradía del Pez y por el río Ebro, calle principal de nuestra ciudad”, ha exhortado Tomás Santos en el tercer y último ondeo del pendón logroñés. Lo ha hecho no sin esfuerzo porque la bandera debía pesar lo suyo; más aún, como estaba, totalmente empañada en agua.

“Ha sido una lástima -ha concedido Tomás Santos, al finalizar el acto, ya pez en mano-; pero hemos cumplido”. “Nadie se ha arrugado, como ocurrió en el sitio con los franceses, -ha comparado-; hemos aguantado el tirón y aquí estamos respetando escrupulosamente la tradición”.

De San Bernabé 2008, Tomás Santos se quedará, según confiesa, con el recuerdo especial del primer banderazo: “Ha sido para mí una satisfacción personal tremenda, como un logroñés de Casco Antiguo que soy, pasear por la ciudad con el pendón y dar los banderazos”. Aunque, según ha reconocido, en ciertos momentos ha tenido miedo de darle a alguien en el ondeo. “Es que el espacio está muy acotado”, se ha excusado con una sonrisa.

 

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