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El 17 de noviembre de 2018

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La homilía del obispo en Euntes

Carlos Escribano llama a los fieles congregados en la Plaza de Toros a comprometerse para servir mejor a todos los riojanos. 

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Gracias a todos por el esfuerzo… parroquias, comunidades parroquiales, colegios, jóvenes y niños, voluntarios, organizadores, autoridades, enfermos….

Gracias a los que venís de tantos pueblos de nuestra tierra mostrando que, orgullosos de nuestro pasado, queremos seguir construyendo el presente y el futuro. Es impresionante el poder contemplar a todas estas imágenes que nos hablan de nuestra fe y de nuestra cultura. Nos hablan también de rostros de riojanos y riojanas que durante siglos han aprendido de ellos y se han acogido a su protección e intercesión, nos hablan de sufrimientos, de alegrías, de plegarias confiadas. Esas imágenes que están hoy en el coso de la Plaza de la Ribera nos hablan de ti y de tu fe. Y lo sé; cada uno venís con un momento distinto de fe y con la carga de la vida sobre los hombros. Todos sois bienvenidos.

Quizá una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy una Misión diocesana? ¿Qué sentido tiene un envío como este? Me gustaría responder con sencillez: simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia, de la cercanía y de la Misericordia de Dios. Éste no es un tiempo para estar distraídos, para ponernos de perfil como creyentes, pensando que son otros los que deben acoger y asumir los grandes retos que tenemos delante como sociedad. Al contrario, es tiempo para permanecer alerta y despertar en nosotros la capacidad de redescubrir lo esencial, que es Cristo y su amor, y seguir compartiéndolo con nuestros contemporáneos. Es el tiempo en el que la Iglesia debe redescubrir el sentido de la misión que el Señor le ha confiado: EUNTES, “Id al mundo entero y anunciar el Evangelio”.  El Señor nos lo pide hoy a nosotros. 

Como los discípulos de Emaús hemos escuchado la Palabra de Dios. Como a ellos el Señor nos habla al corazón para ayudarnos a comprender. De algún modo en esta tarde somos nosotros los caminantes. Esta plaza de toros se convierte en nuestro Emaús y el Señor nos ha acompañado en el camino hasta aquí, susurrándonos elegantemente al corazón. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué esperas de este encuentro? 

Y nos cuesta situarnos como a aquellos caminantes. Ellos han vivido con intensidad unos acontecimientos que les superan. No terminan de comprender lo que está pasando y quizá no alcanzan a poder describir el sentido de lo que están viviendo. El Señor Jesús, al que vieron morir en la Cruz, se aproxima a ellos. No le reconocen. En su cabeza la resurrección no es todavía comprensible… y eso sigue ocurriendo en la historia y ocurre también hoy aquí. Podemos no entenderlo, podemos no creer en Él, pero El sí se interesa por nosotros… por todos. Su actitud nos abre como creyentes un horizonte de esperanza. Ellos descubren una cosa: que Dios se interesa por su vida, por su tiempo, por su historia… y se implica.

Y aprenden una lección: Dios es paciente. A aquellos hombres les explicó las Escrituras desde el principio, sin dar nada por supuesto. Lo mismo hace con nosotros. ¿Qué es lo que pretende? ¿Porque nos hemos sentido convocados? ¿Esto es sin más una tarde festiva en Logroño? ¿Qué es lo que quiere decirnos? El Papa Francisco nos ayuda a responder: “Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ESE MENSAJE DE JESÚS que Dios quiere decir al mundo con tu vida”. Quizá ello motive una pregunta esencial para esta tarde: “Tú, ¿a quién quieres entregar tu vida?” Jesús nos dio la respuesta cuando la entregó por cada uno de nosotros. Y lo hizo por amor. 

Y Jesús sigue caminando con ellos. Y camina también con nosotros. Dios se conmueve ante el relato de nuestra vida y ante el relato de lo que acontece en nuestra sociedad.  La sociedad nos muestra una realidad que cambia, que tiene espléndidas zonas de luz, pero también nos presenta espacios de sombra en los que descubrimos el rostro de la pobreza como signo de la presencia de Dios y nos mueve a dar respuestas. Él se posiciona. Sigue arriesgando. Ese posicionarse por parte de Jesús ilustra nuestro reto misionero, nuestro compromiso. El sigue buscando a todos en la historia. Tiene un motivo: un amor singular por cada uno, un amor irrepetible, un amor que es capaz de trascender la realidad del sufrimiento y mostrar a la persona la paradoja de las bienaventuranzas y de la vida plena. 

Hoy nosotros, cristianos de La Rioja del siglo XXI nos sentimos llamados a ser presencia y cercanía de Dios para nuestros hermanos. A proponer la misericordia y la ternura de Dios, sintiéndonos llamados a salir a su encuentro. Estamos en un cambio de época que nos sugiere buscar caminos nuevos a la hora de trasmitir el Evangelio a la sociedad. Si os soy sincero, me parece un gran reto que me inquieta y apasiona por igual. Pero es un reto que ilusiona, en el fondo porque hay alguien que ha querido confiar en nosotros: el Señor Jesús. 

Sí,  él camina con nosotros hoy aquí. Se ha hecho el encontradizo. Esa confianza nos llena de paz y de fortaleza. Pero el reto es grande: tenemos que trasformar nuestra Iglesia diocesana en los próximos años para poder servir mejor a todos los riojanos. Eso es la Misión, y necesitamos misioneros, te necesitamos a ti. Todos podemos ser misioneros: los jóvenes, las familias, los mayores, los trabajadores, los profesionales, los enfermos (vosotros los sois de un modo privilegiado), los que trabajáis en el mundo de la educación o de la cultura, los pobres, los emigrantes, los sacerdotes y los religiosos, todos los presentes… todos compartimos el empeño de construir una sociedad mejor. El amor de Dios todo lo trasforma, todo lo renueva. Debemos convertir nuestra vida a ese amor de Dios para poder acompañar a tantos que en estos años se han ido alejando por distintos motivos de la Iglesia; y a los que están ausentes y creen que el hecho religioso ya no tiene que decir nada hoy a nuestra sociedad. Nuestra respuesta tiene que ser el servicio. Servir a todos conforme a su dignidad. Fue Jesús quién nos enseñó a hacerlo. Y esa debe ser nuestra vocación perenne que surge del deseo y del testimonio de Cristo: la Iglesia debe ser siempre servidora como Jesús en la Última Cena, cuando lavo los pies a sus apóstoles. 

Y se hace de noche en Emaús. Y el Señor se mete en la noche, también en nuestras noches. Y lo hace provocando a aquellos hombres, poniendo a prueba su raquítica hospitalidad. Aun le faltaba algo que decirles, quizá lo fundamental. Necesitaba dejarnos su gran herencia: la Eucaristía. En ella se abren los ojos de sus discípulos. Hoy también nosotros tenemos ese anhelo. Estamos participando de la Eucaristía. Acordaos, esta Plaza de toros es Emaús y estamos sentados a la Mesa del Señor para verle partir el pan, para reconocerle y dejarnos provocar. Hemos acudido con esperanza, con fe, quizá sin entender, pero con ganas de servir a los demás. 

Y retornaron a Jerusalén a anunciar el Evangelio, así culmina el texto del Evangelio. Eso es lo que queremos significar esta tarde. Cuando acabemos la Misa haremos el envío aquí en nuestro Emaús riojano. Tiene que ser un momento especial entre tú y Dios. ¿A qué te comprometes? Toma conciencia de que te necesitamos. Responde desde el corazón, que tu vida sea Misión. Tenemos por delante cuatro años de trabajo, de compromiso, de entrega generosa, de gracia y de presencia del Señor que nos convoca a la unidad, a la comunión para la misión. Y saldremos en procesión. Con júbilo, con cantos y bailes. Con María, con nuestros santos patronos. Ellos nos anteceden; el Señor va por delante. Caminaremos juntos, como pueblo de Dios con un mismo sentir, pero con muchos destinos: nuestros lugares de origen. Volvemos a nuestras casas a compartir lo que hemos visto y oído.  “Id a anunciar la salvación y proclamar en nuestra tierra que Dios es Padre y es amor”. EUNTES.

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