Ya estamos en nuestro puesto de trabajo, sigue habiendo incorporaciones, bastante barullo (en la línea de las otras Campus) y, de momento, ningún conocido a la vista: al reducir el aforo en 3500 personas se ha notado mucho, hay mucha gente que se ha quedado fuera.

La primera impresión de la Campus es organización. Muchos vigilantes, haciendo impecablemente su trabajo, es de agradecer.
El
resto de los miembros de la organización de un sitio para otro, atendiendo a los campuseros, siempre con la mejor sonrisa (ya decaeremos, danos tiempo...).
Los altos cargos de las organizaciones que patrocinan el evento a pie de obra, yendo de un sitio para otro por la mañana (luego se han ido) y compartiendo esta explosión de ilusión.
Otra impresión que te llevas de golpe al entrar es la ilusión, flota en el ambiente; cualquiera que necesite ayuda tiene varios ayudantes al momento, es un espíritu solidario pero de verdad, sin tonterías.
También
hay espacio para los frikis, gente disfrazada, con ordenadores de otro mundo, que hacen las delicias de los periodistas que pululan por el recinto.

Por fin han conectado el hub, la red interna de compartición, que a velocidades cada año más altas (
la red este año es a 1 Giga por segundo, por fin) nos permite compartir archivos con el resto de los campuseros.
La primera noche suele ser especial, estamos todos muy frescos y los gritos son continuos. Los más repetidos son los ‘
pachis’ generales que producen un ruido ensordecedor (2000 y pico personas gritando ‘
pachi’ en un recinto cerrado sobrecoge).
Alguien ha dicho que aquí estamos compartiendo felicidad y me parece lo más exacto de todo lo hablado hasta ahora de la Campus. En fin, me voy a preparar las entrevistas de estos días a ver si consigo que me expliquen (y me dejen entrar al
sancta sanctorum) los intríngulis de la seguridad de la Campus.