Respecto a la salud, los riñones me funcionan al 20% y tarde o temprano acabaré en diálisis. Dinero, justo un poquito más que la pensión. Amor, me quedé viudo hace dos años y medio. Muy rara vez pienso en lo que me falta, pero cuando alguna vez lo hago, mi razonamiento es el siguiente. Si tuviese dinero, mucho dinero (por ejemplo, si ganase el euromillón), posiblemente lo primero que se me ocurriría es intentar comprar un riñón, ya que de qué me sirve el dinero con una salud mediocre. Sin duda, el tratar de comprar un riñón me situaría al borde de la ley. Si tuviese salud, seguramente echaría mucho de menos el dinero, porque qué agradable viajar a sitios exóticos, cosa que me resulta imposible hacer por los largos vuelos y mi problema de incontinencia nocturna. Si tuviese salud y dinero, me faltaría el amor, y esto me recuerda la letra de aquella canción ranchera “…Pero el cariño comprado, ni puede querernos, ni puede ser fiel…”. Por lo que sinceramente el soñar, como anuncian tanto los de la lotería, me parece que puede resultar beneficioso en algunos casos, pero no en el mío. Yo, desde luego, jamás juego a la lotería, no vaya a ser que me toque y me cree un problema de inversión, de responsabilidad social, de conciencia, etcétera. Prefiero muchísimos más dedicar mis esfuerzos a sacar partido a lo que tengo, que fundamentalmente es tiempo, y eso si que es oro. Asi puedo dedicar más tiempo a mi familia, a mis amigos, a hacer algo de ejercicio físico, a leer, a aprender, a ver cine, a oir música. Ahora me ha dado por aprender a acompañar canciones rancheras, tengo ganas de meterme a cocinar, al final llego al tópico que tantas veces había oído a los jubilados: “no sé de donde sacaba tiempo para trabajar”. Si se es joven la ambición es muy sana porque tratando de satisfacer tus deseos, trabajas más y creas más riqueza de la que puedes beneficiarte tú y tu entorno, pero a partir de cierta edad, sin duda alguna, es infinitamente más sabio concentrarte en lo que tienes y no pensar en absoluto en lo que te falta.