Viernes, 19 de agosto, 17:15 horas. En la calle hace un calor insoportable, los termómetros marcan 38º y todo parece estar desierto.
Una niña se sitúa al final de la fila de la taquilla del cine, impaciente por que llegue su turno frente a la ventanilla se muerde las uñas y mira el reloj con inquietud.
Las personas que tienen prioridad demoran la compra de sus entradas intercambiando comentarios y preguntas con la taquillera. Los segundos parecen minutos y los minutos se hacen horas pero por fin llega el momento de la verdad.
- niña (acelerada y emocionada) : "hola buenas tardes, ¿me das una entrada para la sala 3, Super 8 a las 17:30, por favor?
- empleada taquilla: "aquí tienes, que la disfrutes"
- niña (alejándose ya de la taquilla): muchas graciaaas.
Ya está dentro y se da cuenta de que la premura con la cual se ha dirigido a la sala 3, nerviosa y emocionada, la ha hecho pasar por la tienda de palomitas sin ese "extra" capaz de aumentar el disfrute al que se va a enfrentar. "No pasa nada, lo que importa es la peli"y ahora toca encontrar un buen sitio en la sala de butacas.
Aunque se trata del primer pase de un estreno mundialmente esperado, en la sala sólo se reúnen frente a la pantalla unas 20 personas. Ya no estamos en los 80 y otro tipo de opciones culturales algo más "individuales y caseras" han relegando al cine a un estado de peligroso letargo.
Volvemos con nuestra protagonista. La niña encuentra el sitio ideal para enfrentarse a un placer que llevaba esperando durante mucho tiempo. Las luces se apagan y dan paso a distintos trailers que nos anuncian persecuciones por doquier, explosiones, rostros inexpresivos y productos donde todo es acción, movimientos inalcanzables y grandes estrellas desgastadas.
La niña se impacienta, se retuerce en su butaca, mueve los pies como bailando sentada cuando, por fin la sala se oscurece totalmente y comienza el espectáculo.
La pantalla se ilumina y nos traslada a un pequeño pueblo de Estados Unidos en 1979. Nos convertimos de nuevo en los niños que fuimos entonces, con la única salvedad de que en la España de 1979 no podíamos aspirar a tener una cámara para rodar nuestra propias películas, ni las posibilidades económicas que se vivían en Estados Unidos y que se hacen patentes en Super 8.
Quizás por eso nos gustaba tanto el cine, porque nos alejaba de algunas de nuestra limitaciones regalándonos
aventura sin ningún tipo de escasez económica ni creativa.
Abrams nos devuelve aquella dulce sensación de novedad, esa vulnerabilidad y energía inacabables que convertían nuestras vidas en el trayecto de una montaña rusa, siendo capaces de la felicidad más absoluta y el desconsuelo más brutal en el margen de unos minutos.
El film tiene el espíritu de la literatura de "los tres investigadores" y de muchas de las novelas de Stephen King; posee el ritmo trepidante del cine de los ochenta; ese que te permite dar rienda suelta a la imaginación y dejar dormido al duende crítico que todos llevamos dentro.
Bebe del primer amor, del primer beso, de las difíciles relaciones paterno-filiales, de la fuerza de una canción, del poder de la amistad y de la valentía de la inconsciencia.
En los aspectos técnicos comentar que lo único que me impidió disfrutar a lo grande de Super 8 fue su PÉSIMO DOBLAJE. Las voces de los actores infantiles son en la mayor parte de los casos chirriantes y restan calidad al producto. Este detalle se hubiera podido solventar con unas cuantas copias en Versión Original Subtitulada. A ver si nos escuchan los distribuidores y todavía se puede solucionar este detalle.
Las escenas de acción son perfectas. Logran mantener la tensión durante todo el tiempo y están rodadas de una manera permisiva con nuestros lentos sentidos. En más de una ocasión me sorprendí a mi misma con la boca abierta.
Los actores dan forma a una obra coral y permiten que la estrella sea la propia película. Quizás por eso Abrams supo rodearse de buenos profesionales, rostros familiares para los espectadores por sus participaciones en series de televisión o con habituales secundarios de cine, gregarios a favor de una causa mayor.
En resumen Super 8 es diversión en estado puro, con grandes dosis de ingenuidad facilona genuinamente americana, pero totalmente disfrutable. Como cantaba Enrique Urquijo en una de sus sensibles canciones: "Volver a ser un niño".
Acaba la película, aparecen los títulos de crédito. La niña se mantiene sentada hasta el final y Super 8 le hace otro regalo. unos minutos adicionales de diversión infantil. Cuando sale de la sala de cine, la niña se transforma en la mujer que es, con una sonrisa que no la abandonará durante todo el fin de semana, agarrándose a la sensación de creerse niña de nuevo.