Delimitar hasta que punto, la obediencia a la autoridad disminuye la responsabilidad personal, es una cuestión que se debate desde la Alemania nazi . Saber qué pudo influir para que tantos ciudadanos “normales” miraran para otro lado, e incluso colaboraran en el exterminio, de los que hasta entonces habían sido sus vecinos y amigos, ha sido un tema de estudio de la psicología social desde los años 60.
Tal vez hayáis oído hablar del experimento de Millgram, donde un grupo de voluntarios reclutados por anuncios de prensa, supuestamente para estudiar el efecto del castigo sobre el aprendizaje, se prestaron, desde un rol de maestros, a aplicar corrientes eléctricas de intensidad creciente a otro participante, que desempeñaba el rol de alumno, cada vez que éste fallaba una pregunta.
En este caso el “alumno” era un cómplice del investigador que se hacía pasar por participante, y las descargas eran simuladas. Los participantes no sabían que en realidad se estudiaba la obediencia a la autoridad y que el “alumno” era un actor, pero aún sin saberlo, todos aceptaron aplicar las descargas y más del 65 por ciento las aplicaron hasta la máxima intensidad. Pudieron más las órdenes del investigador, que los gritos y súplicas de la supuesta víctima.
La mayoría de participantes expresaron reparos en algún momento, algunos ofrecieron devolver lo que habían cobrado y dejar el experimento, pero menos de la mitad llegaron a dejarlo de verdad al imaginar que estaban causando un daño excesivo. El ambiente de laboratorio, la bata blanca del investigador, y su tono autoritario, fueron más determinantes de la conducta que sus propias convicciones personales. Hubo participantes que dijeron que seguirían, pero que no querían problemas si pasaba algo. Al parecer sólo les preocupaba descargarse de responsabilidad si ocurría algún percance serio.
El resultado sorprendió a los propios investigadores, que estaban seguros de que sólo unas pocas personas gravemente perturbadas, serían capaces de aplicar las descargas hasta el final, tampoco podían imaginar que todos aceptarían aplicar las descargas hasta cierta intensidad.
Si nos centramos en el grupo de los que no obedecieron hasta el final, encontramos que la identificación con la víctima fue clave a la hora de no completar el experimento. En las situaciones de violencia extrema: guerras, secuestros, asaltos etc., el agresor tiende a deshumanizar a la víctima. Ser capaces de ponernos en el lugar de los demás, de verlos como personas que sufren igual que nosotros, reduce los comportamientos antisociales. También hay variables de personalidad, como la tendencia a aceptar normas, o la dominancia, que influyen en la resistencia a la autoridad.
Experimentos de este tipo se han repetido a lo largo del tiempo con idénticos resultados. Al parecer, la tendencia a obedecer ciegamente a la autoridad, es mayoritaria entre las personas. En todo caso, dicha tendencia no debería contradecir nuestro código de valores, ni atenuar nuestra responsabilidad en los hechos, siempre podemos elegir no obedecer una orden ilegal.