La corrupción afecta directamente a uno de los cimientos de la democracia: la confianza de los ciudadanos en la clase política y en sus gobernantes. El Indicador de Confianza Política, medido por el barómetro del CIS, se sitúa este mes de octubre en el 36.5, el valor más bajo desde 1996. Hace solo un año, antes de que estallara el caso Gürtel, el indicador alcanzaba el 40,3. Está claro que la corrupción y la difícil situación económica están detrás de estos datos, pero hay otros problemas endémicos de la clase política que también promueven la desconfianza. Hablemos de algunos de ellos.
Los políticos se dirigen a la opinión pública como si sólo estuviera formada por ‘hooligans’, o peor aún: se enzarzan entre ellos en discusiones estériles olvidándose de la indiferencia o el rechazo que provocan en la mayoría de los ciudadanos. Los portavoces de uno y otro partido rellenan todos los días el espacio mediático con frases hechas, demagogas y previsibles, que aportan poco o nada a las cuestiones de fondo que se están tratando. Algunos ejemplos: las ruedas de prensa del riojano Carlos Cuevas, referidas casi siempre al Partido Socialista, o las declaraciones que acostumbra a hacer la socialista Leire Pajín, hablando día sí y día también de lo que hace el Partido Popular. ¿Interesan sus mensajes a los ciudadanos, o más bien al contrario: generan rechazo hacia una clase política que piensa que no hay vida más allá del enfrentamiento entre sus siglas y las opuestas?
Cada día es más difícil escuchar en boca de un político un argumento interesante, una opinión constructiva o una preocupación social que se salga de la agenda mediática. Los partidos elaboran y distribuyen argumentarios para que sus cargos repitan las ideas clave ante unos medios de comunicación que, en plena crisis de su modelo de negocio, no se atreven a poner fin a una espiral de declaraciones fácil de cubrir pero que aburre a la mayoría de sus lectores.
Los políticos con discurso propio son una especie en extinción: se está imponiendo la homogeneización en los partidos. Las voces discrepantes están mal vistas por la teoría de que perjudica electoralmente trasladar los debates a la opinión pública. Es cierto que los ciudadanos castigan a los partidos desunidos, pero tampoco premian a aquellos donde las siglas piensan por las personas. Es importante distinguir entre la lucha por el poder y la discrepancia en ideas. Los votantes de un mismo partido difieren en sus opiniones sobre muchas cuestiones y tienen preocupaciones diversas; esa pluralidad debe tener su reflejo en los políticos que les representan.
Las formaciones políticas tienen en sus manos inspirar confianza a los ciudadanos, con tolerancia cero hacia la corrupción, pero también olvidándose un poco del marketing, valorando como positiva la pluralidad en sus filas, ‘desprofesionalizando’ la política, mirando más a los ciudadanos y menos a sus conspiraciones internas. La escritora y activista Beatriz Gimeno lo resumía la semana pasada en un artículo sobre la izquierda madrileña: “¿Podrían pensar, siquiera por un momento, en nosotros antes de que nosotros dejemos de pensar para siempre en ellos?”.
Queremos plantear un espacio dentro de la sala Espacio Abierto donde poder venir y relajarse, leer...