El martes pasado, día de los inocentes, me senté en el sofá frente al televisor y lo encendí después de tanto tiempo que no logro recordar cuándo fue ni qué vi en la anterior ocasión. Un poco por morbo, otro poco por afán de flagelarme, quería ver cómo el difunto canal de noticias CNN+ se convertía en 24 horas de emisión del parque zoológico de Guadalix de la Sierra. Ese símbolo de la telebasura que se recicla año tras año para seguir proporcionando carne, por un módico coste, al resto de programas de Telecinco.
Prisa cierra CNN+ por su inviabilidad económica y, en un santiamén, Vasile nos pone Gran Hermano, suponemos que precisamente por su alta rentabilidad. Las pelas son las pelas, en la tele como en cualquier otro negocio, y producir contenidos informativos de calidad es demasiado costoso para los pobres resultados de audiencia que luego cosechan. Por eso en la tedeté triunfa todo lo contrario: la información low cost y el griterío de tertulias que se alimentan del odio hacia quienes ni pensamos ni vivimos bajo sus dictados. Un sectarismo barato pero venenoso, rentable al tiempo que socialmente pernicioso.
Está claro que la viabilidad económica no entiende de utilidad social ni de servicio público. Los datos de audiencia, por su parte, retratan la salud de una sociedad que ríe las gracias de Belén Esteban y contempla con interés los excrementos de Gran Hermano. Tenemos lo que merecemos, dicen algunos, y quizá tengan razón, pero no podemos olvidar que, para emitir en el limitado espacio radio eléctrico, las televisiones necesitan una licencia administrativa que les conceden nuestros gobernantes. Una licencia que recibió Prisa y ahora queda en manos de Telecinco, sin que nadie diga nada, sin que nadie reivindique que las licencias administrativas, además de darse, también se deberían quitar.