Como le ocurre al personaje principal de la novela La ventana pintada, de mi admirado José Carlos Somoza, algunos buscamos un escape de nuestras propias rutinas, en ese contraste de claroscuros que existe en las salas de cine.
También Cecilia, la protagonista de La rosa púrpura del Cairo, huye de su triste realidad con los ojos muy abiertos, ante la “gran sábana blanca”.
Ambos se enamoran del actor o actriz que aparece en pantalla, el que les deslumbra, el que hace que sus ojos lloren al prohibirles pestañear, con el único fin de no perder ningún fotograma de su divina imagen. Aquel que les hace vibrar y huir de la cruel realidad de sus vidas.
En el caso de estos dos cinéfilos imaginarios, enamorarse de un personaje del celuloide interpretado por un actor con nombre propio, permite que puedan seguir viviendo, aunque solo lo hagan felizmente, durante los momentos que se refugian en la sala oscura.
El otro día volví a enamorarme de una imagen que apareció en pantalla. Mi vida no es terrible, como en el caso de los personajes anteriores, pero a veces me enamoro de la imagen de un personaje, de su voz, o de un gesto que emerge de un rostro cuando sonríe.
Todavía recuerdo aquella exclamación sorda de mi pareja, sentada a mi lado en el cine, cuando apareció ante sus ojos por primera vez “la Bellucci”. Rotundidad absoluta.
La sensación que me invadió cuando con catorce años descubrí a Rutger Hauer, vestido de un negro riguroso, llorando el drama que lo separaba de aquella angelical Michelle Pheifer en la aventurera Lady Halcón y, por supuesto, cuando la vida se le escapaba entre “lágrimas en la lluvia” en la inigualable Blade runner.
Sonrío, pensando en el sorprendente impacto que causó en mis retinas, la aparición de un muchacho rubio, con aspecto de macarra, en aquella joya de las “road movies” que resultó ser Thelma y Louise. Ese joven Brad Pitt que dejó al público femenino de la sala, en momentáneo estado de shock.
Y muchos otros momentos: los ojos divertidos de Jim Carrey, la irregular y sensual sonrisa de Christian Bale, la elegancia e ironía del gran Michael Caine, la exótica e infantil belleza del irregular Keanu Reeves en sus comienzos.
Una demostración absoluta del poder de la imagen, que forma parte del enorme conglomerado de sensaciones, que es el cine en su totalidad.
Quizás su aspecto más frívolo y superficial, incluso me atrevería a adjetivarlo de adolescente, pero consigue hacernos vibrar en ocasiones.
Incluso cuando menos te lo esperas, una película puede reservarte una agradable sorpresa, simplemente mirando y dejándote llevar. Todo es posible entonces.
El otro día volví a enamorarme en la pantalla, de unos ojos negros.
Queremos plantear un espacio dentro de la sala Espacio Abierto donde poder venir y relajarse, leer...