Tomás Santos tiene claro que es el alcalde de todos los logroñeses y que no gobierna sólo para aquéllos que le votaron. Dicen quienes le conocen bien que lo interiorizó nada más tomar el bastón de mando de la ciudad, hace ya tres años, gracias al apoyo del Partido Riojano, y que actúa en consecuencia. Evita los enfrentamientos, no se inmiscuye en polémicas políticas, sus declaraciones no llenan los titulares de los medios de comunicación y no le gustan las estridencias de ningún tipo. Prefiere mantener un perfil político bajo y renunciar a cierto protagonismo con tal de preservar su imagen y no generar rechazo a una parte de la ciudad.
Mitad empleado de banco, mitad sindicalista, su carácter afable y tranquilo conecta bien con unos ciudadanos cada día más hartos de los políticos profesionales, artificiales y hacedores de polémicas estériles. Pero ese mismo carácter choca con algunos compañeros de partido o de gobierno, políticos de raza, a los que exaspera su parsimonia y su falta de iniciativa. Le reprochan, por ejemplo, su escasa presencia pública, una tímida estrategia de comunicación y no haber sabido (o querido) utilizar el sillón de alcalde como contrapeso político al todopoderoso Pedro Sanz. Además de a su carácter, esto último se debe también al acuerdo tácito con Martínez Aldama para respetar sus respectivos ámbitos de actuación.
Con la discreción que le caracteriza, Tomás Santos ha ido mejorando poco a poco su valoración entre los logroñeses, hasta lograr el aprobado y superar la calificación que recibe el presidente regional. Así lo certifica el último Barómetro de Opinión Pública Riojana , elaborado por la consultora Riocenter mediante 400 entrevistas telefónicas en la ciudad de Logroño, y publicado ayer por este diario. En solo medio año, la valoración de Pedro Sanz ha caído más de seis décimas, e inspira “poca a ninguna confianza” a tres de cada cinco logroñeses. Su actitud de permanente desprecio a quienes no piensan como él, su afán frentista y su carácter soberbio y agresivo no parecen encajar con Logroño y sus habitantes. Quizá gobernar una ciudad sea cuestión de carácter.