Las apariciones públicas de los políticos están medidas al milímetro, detalle a detalle, para trasladar los mensajes diseñados con el menor margen de error e intentar proyectar ante las cámaras la imagen deseada. Lo planifican todo con esmero y hasta límites insospechados: la altura a la que deben situarse las manos, la forma de moverlas, el color de corbata más apropiado a cada contexto o las miradas y gesticulaciones que acompañan mejor a un determinado discurso.
Las técnicas de marketing y comunicación más modernas se han incorporado de lleno al modus operandi de los grandes partidos políticos españoles, convertidos en marcas comerciales que velan por su reputación de forma cada día más profesional.
El mimo con que cuidan su imagen no deja de ser una anécdota en comparación con la cuestión de fondo: la rigidez que han impuesto en los mensajes que llegan a la opinión pública y el encorsetamiento al que someten a sus líderes.
Hoy en día, no sólo los discursos están preparados a conciencia, también unas breves declaraciones ante los micrófonos (‘un canutazo’, en el argot periodístico) o las posibles respuestas a casi cualquier pregunta están minuciosamente planeadas. Por eso las entrevistas a políticos en activo despiertan cada día menos interés, ante la dificultad de que el entrevistado se suelte la melena y obsequie al entrevistador con respuestas originales o puntos de vista novedosos.
Cuando se abusa de la preparación la imagen proyectada acaba siendo tan artificial que no sabemos qué esconden muchos políticos detrás del disfraz que les han construído. Muchos saldrían ganando si se liberaran de los encorsetamientos y se expusieran al natural, pero hay otros a los que la máscara les favorece.
Lo hemos visto recientemente con la ‘peineta’ de Aznar a un grupo de estudiantes o con Esperanza Aguirre y su cariñoso “hijoputa” a un compañero de partido; y lo comprobamos también hace ya unos años con las proclamas que hicieron famoso a Pedro Sanz: “me importa un pimiento”, “me río del mundo” y “que les den por ahí”. Gracias a una situación tensa o un micrófono indiscreto los hemos conocido al natural, tal como son sin conservantes ni colorantes. Benditas sean las ‘pilladas’ porque valen más que mil palabras.
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