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Literatura en pantalla grande
30/01/2010  


Hace ya algún tiempo la industria del cine va a la caza constante de un buen guión. La escasez de buenas historias comienza a ser un verdadero problema que muchos intentan sortear de la mejor forma que pueden; comprando los derechos de películas de otros países que no han tenido demasiada distribución internacional, estirando historias que ya no dan más de si, y por supuesto, entrando en el panorama literario en busca de algo jugoso que poner en escena.

Esta relación se ha venido produciendo desde que la industria del cine comenzó a dar sus primeros pasos; la literatura ha sido, y será, una enorme despensa de historias que permite plasmar en imágenes tangibles algo que hasta ahora solo existía en papel o en la imaginación de cada uno de los lectores de la obra en cuestión. Aquí arranca otro problema; mientras una novela u obra literaria permite que cada persona que disfruta de ella la haga suya de una manera personal, el cine sin embargo nos lo da todo hecho.

Al leer un libro cada lector utiliza su imaginación para ponerle cara y aspecto a cada uno de sus protagonistas, siguiendo las pautas marcadas por los adjetivos empleados por el autor, imaginando también los paisajes que el autor evoca, percibiendo los olores que se describen y, de una determinada forma, haciendo suya la obra que tiene en sus manos.

Cada ser tiene su propia percepción de las cosas que le suceden. Los individuos evolucionamos con respecto a todas las experiencias que sufrimos en nuestras propias carnes y son, junto con nuestro aspecto físico, algo que nos hace únicos e irrepetibles con respecto a nuestros semejantes. Por lo tanto, cada creación literaria tiene su propia “adaptación” según quien sea el ser que disfruta de ella,

Todo esto hace más difícil que una novela llevada al cine tenga aceptación y éxito entre el público que ya conocía de antemano la historia; cada uno tiene sus propias expectativas con respecto a lo que va a ver, y es prácticamente imposible que coincidan con la percepción que el director de la película tuvo al leer la novela y plasmarla en imágenes; aunque se me ocurre una excepción que siempre sale a relucir como una de las mejores adaptaciones hecha película, se trata de “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, que trasladó al cine Jean-Jacques Annaud con una enorme elegancia y maestría; este sensible director supo conjugar en su película las sensaciones, la intriga y la realidad de una época en cada fotograma, enriqueciendo incluso el texto del que partía la historia.  

En los últimos años también me sorprendió gratamente la película de Sean Penn “Hacia rutas salvajes” (Into the wild), basada en la novela del mismo nombre que escribió John Krakauer, que adaptaba a su vez las últimas experiencias en la vida de Christopher McCandless antes de perder la misma en su búsqueda personal de la libertad.

Durante la semana próxima recopilaré otros títulos que para bien o para mal han ido ampliando la lista de las adaptaciones en detrimento o a favor de la obra de las que surgieron, y de algunas otras novelas que podrían ser excelentes películas si son bien llevadas al cine.

Os animo a todos a plantear vuestras propuestas, ya que el tema da para mucho, y desde aquí sigo a la espera de poder disfrutar algún día, hecha película, de una de mis novelas favoritas “La dama número trece” de José Carlos Somoza, cuyo rodaje, por fin, parece que partirá este año de la mano de Jaume Balagueró. Cruzaré los dedos.
 
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ISABEL RIBOTE
Diplomada en marketing y actual directora del CINECLUB "Elarrebato" de Logroño, ha colaborado eventualmente en radio y televisiones de ámbito regional así como en programas dedicados al séptimo arte. En esta columna, nos acercará su visión del mundo del cine.
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